jueves, 17 de octubre de 2019

Honduras y el narcoestado de las cosas

Publicado originalmente en Criterio.hn

Desde el pasado 2 de octubre se celebra en Nueva York un juicio en el que se acusa a Juan Antonio “Tony” Hernández, hermano del actual presidente de Honduras Juan Orlando Hernández, de los delitos de narcotráfico, tráfico de armas, y perjurio. En el juicio también están involucrados como co-conspiradores Juan Orlando Hernández – JOH (actual presidente), Porfirio Lobo (ex Presidente de Honduras 2010-14), Roberto Ordoñez (actual Ministro de Energía), varios policías de alta graduación y un grupo de narcotraficantes. Durante el juicio varios narcotraficantes han dado su testimonio sobre el caso, confirmando un clamoroso rumor que ha recorrido Honduras los últimos 10 años: que, tras el golpe de Estado de 2009, el narcotráfico capturó la institucionalidad hondureña.
Y es que de lo escuchando en este juicio se desprende que Tony Hernández era uno de los cabecillas de una violenta organización criminal, que tuvo a su servicio al Estado hondureño. Según un testigo del caso, el narco guatemalteco Josué Chang Monroy, Tony era “el tipo de persona que mandaba a matar cualquiera que no le parecía”. El mismo narco declaró que Tony era el criminal más peligroso que conoció en su vida, ya que ningún otro narco era hermano de un Presidente en activo, ni contaba con toda una policía y ejército a su servicio. Pero fue esta misma sensación de impunidad la que llevo a Tony a su perdición. Según la Fiscalía su soberbia llegó a tal grado que en varias ocasiones selló los paquetes de cocaína que traficaba con sus propias iniciales: TH. Además, cometió muchos errores que le llevaron a realizar acciones contrarias a sus intereses. Según lo dicho en el juicio, el cartel de los Valle Valle trató en varias ocasiones de embaucar a Tony para obtener información sensible sobre su hermano Juan Orlando, que permitiese consumar un plan de magnicidio que habían urdido. Según el narcotraficante Devis Leonel Rivera Maradiaga, el complot para asesinar a            Juan Orlando se originó en que el presidente había incumplido su acuerdo de protección con los Valle y no contestaba a sus llamadas.
Las pruebas que la Fiscalía ha presentado contra Tony son abundantes y evidencian la total impunidad con la que los acusados conducían sus negocios ilícitos.  Entre estas pruebas, destaca las confesiones de cuatro cabecillas del narcotráfico en la región, que afirmaron que Tony y sus co-conspiradores recibieron múltiples sobornos de diferentes narcos a cambio de dar protección a sus actividades criminales y en las que se detallan la participación del acusado en el tráfico de miles de kilos de cocaína hacia Estados Unidos.  La Fiscalía también presentó como prueba una libreta que fue incautada a un narcotraficante hondureño, en la que se detallaban diversos sobornos en favor de Tony y su hermano Juan Orlando Hernández. Pero sin duda, las pruebas que mayor peso podrían tener contra el acusado son 2 grabaciones: un video del interrogatorio que un agente de la DEA realizó a Tony Hernández el mismo día de su detención en Miami, en el cual el mismo, Tony reconoce haber mantenido estrechas relaciones de amistad con los más importantes narcotraficantes de Honduras y conocer de sus actividades ilícitas; y otra  grabación realizada de manera oculta por el narco Devis Leonel Rivera Maradiaga, convertido en colaborador encubierto de la DEA, en la que negocia el pago de un soborno a Tony Hernández. 
Según la Fiscalía, los sobornos recibidos del narcotráfico por los gobiernos de Juan Orlando Hernández y Porfirio Lobo, habrían servido para financiar las campañas políticas de 2009, 2013 y 2017. Los narcos que entregaron estos sobornos han confesado haber cometido al menos 152 asesinatos, incluyendo a figuras clave de la lucha contra el narcotráfico como los zares antidrogas Alfredo Landaverde y Julián Arístides González, o el “fiscal de oro” Orlan Chávez. También han reconocido el asesinato de periodistas como Aníbal Barrow y Nahum Palacios, y han reconocido ser responsables incluso de muertes colaterales como la de una niña de 3 años. Todo ello mientras el gobierno protegía sus actividades y garantizaba su impunidad. Adicionalmente, el propio Tony Hernández está acusado de ordenar personalmente 2 asesinatos, uno de ellos ejecutado por un ex director de la policía. Más allá de esta cifra, las víctimas causadas por los grupos criminales involucrados en el caso probablemente alcancen decenas de miles solo en Honduras.
Las implicaciones del caso superan el territorio hondureño, ya que involucran a cárteles de México, Colombia y Venezuela. La fiscalía asegura que Juan Orlando Hernández recibió un millón de dólares del Chapo Guzmán (Cártel de Sinaloa) a través de su hermano Tony, a cambio de operar en Honduras. También se refieren a intercambios con la ex guerrilla de las FARC de Colombia, y a la venta ilegal por Tony Hernández a narcotraficantes de armas sustraídas de las Fuerzas Armadas de Honduras, que acabaron en poder de los cárteles mexicanos de Sinaloa y los Caballeros Templarios.
Así, el juicio en Nueva York está confrontando a la sociedad hondureña con un hecho que ya parece incuestionable: el sistema político hondureño, ya de por si frágil, sufrió un rápido proceso de degradación tras el golpe de Estado de 2009, que llevó a Honduras al actual narcoestado de las cosas. Y es que las revelaciones del juicio contra Tony Hernández podrían ser solo la punta del iceberg de todo un conglomerado de narcoactividad que tiene atrapada a la institucionalidad hondureña. Como datos relevantes, cabe señalar que 11 de los 59 diputados del gobernante Partido Nacional han sido señalados de mantener nexos con el narcotráfico. Dentro del actual gabinete de gobierno están acusados el actual presidente Juan Orlando Hernández, el Ministro de Energía Roberto Ordoñez, el Ministro de Seguridad Julián Pacheco (mencionado en tres juicios diferentes en Estados Unidos), el Viceministro de Minas Carlos Pineda Fasquelle, el Secretario de la Presidencia Ebal Díaz y la Directora de la Lucha contra el Narcotráfico Soraya Calix (prima de un sanguinario narcotraficante hondureño que se entregó a la DEA en 2019). También se mencionan políticos de los partidos opositores. En el Partido Liberal destacan figuras de la talla de los exdiputados Fredy Nájera o Midence Oquelí Turcios, quien supuestamente se encargaba de dar formación militar a los sicarios del narcotráfico. En el Partido Libertad y Refundación es paradigmático el caso del alcalde de Tocoa Adan Fúnez, vinculado en múltiples ocasiones al Cartel de los Cachiros, lo que no ha limitado que permanezca en el cargo hasta ahora.
Con el paso de los años, el golpe de Estado contra el gobierno de Manuel Zelaya en 2009 va tomando un cariz todavía más siniestro. Esta asonada ya no será recordada simplemente como el primer golpe de Estado del Siglo XXI contra un gobierno progresista en América Latina. A la luz de las últimas revelaciones, deberá ser recordado como un narcogolpe que sumió a Honduras en una ola de violencia sin precedentes (en 2012 Honduras fue el país con la mayor tasa de homicidios del mundo). Tras él, los narcos se despedazaron unos a otros para controlar la lucrativa ruta de la cocaína. Durante estos años, el estado se convirtió en un arma fundamental para ganar esta guerra.
En la actualidad, el presidente Hernández se aferra al poder y niega todas las acusaciones, atribuyendo todo a una conspiración de delincuentes resentidos por la ejemplar labor de lucha contra el narcotráfico de su administración. A pesar de la abrumadora evidencia de su colusión con el crimen organizado, el presidente no está solo. Al menos hasta la fecha, le respalda de manera incondicional su partido. Los principales medios de comunicación del país hacen lo imposible por tapar el escándalo y destacados líderes religiosos del país realizan jornadas de oración por la inocencia de Tony Hernández. La situación es un reflejo de la permeación de la criminalidad en amplios sectores de la sociedad hondureña.

A favor de la continuidad del presidente también juega la hábil instrumentalización de la institucionalidad hondureña que ha llevado a cabo el mandatario. Y es que, desde su llegada al poder en 2014, Juan Orlando ha cooptado las instituciones clave para mantenerse en el poder, como las Fuerzas Armadas, la Policía Nacional o la Corte Suprema de Justicia. De esta forma, a pesar de ser percibido por la mayoría como un mandatario ilegitimo, existe un fuerte temor en Honduras a que se produzca un baño de sangre si se recrudecen las protestas contra el mandatario. El recuerdo de la cruenta represión de las protestas electorales de diciembre 2017 esta reciente en la psique colectiva. También lo están las diferentes protestas que se han producido desde entonces, y que tienen al país en un estado de crisis política económica y social permanente.

Para complicar más la situación, el actual narcoestado de las cosas en Honduras coincide con una situación atípica en el mundo: la presidencia de Donald Trump. Por lo visto hasta la fecha, parece ser que al Presidente de Estados Unidos no le interesa actuar contra Juan Orlando, al que considera un fiel aliado en la lucha contra la migración ilegal hacia Estados Unidos. Tras la firma de Juan Orlando para convertir a Honduras en un tercer país seguro al que Estados Unidos pueda deportar a solicitantes de asilo, y mientras el gobierno hondureño siga promoviendo leyes que criminalicen a los grupos que apoyan a los migrantes, Trump seguirá apoyando a Juan Orlando Hernández. El 16 de octubre, el Departamento de Estado de Estados Unidos emitía un comunicado en el que hacía público el restablecimiento de la cooperación militar con Honduras, suspendida meses atrás por los escasos resultados del país en la lucha contra la migración ilegal.
En resumen, la situación es extremadamente crítica en Honduras. Las acusaciones contra Tony Hernández y el actual gobierno son demasiado graves como para que puedan pasarse por alto. En las últimas horas se han observado movimientos de tropas inusuales y el gobierno ha dado de baja deshonrosa a varios coroneles. Las protestas pueden estallar en cualquier momento. Por otro lado, la comunidad internacional se mueve entre la defensa de intereses y la pasividad inmoral que caracteriza las relaciones diplomáticas. Las próximas semanas serán claves.


sábado, 5 de octubre de 2019

Quién es quién en el juicio a Tony Hernández

Javier San Vicente Maeztu

Publicado originalmente en Criterio.hn


El pasado 2 de octubre inicio en Nueva York el juicio contra Juan Antonio “Tony” Hernández, supuesto narcotraficante hondureño y hermano del actual presidente de la República de Honduras Juan Orlando Hernández. Durante ese primer día de juicio la fiscalía federal presentó graves acusaciones contra Tony Hernández y su hermano Juan Orlando, incluyendo alegaciones de que el mismismo Chapo Guzman habría entregado un millón de dólares al presidente de Honduras a través de su hermano, a cambio de protección.

Adicionalmente, la fiscalía presentó un listado de 85 personas que tienen algún tipo de relación con el juicio. En este listado figuran relevantes figuras del crimen organizado a nivel latinoamericano, políticos hondureños y miembros del sistema político estadounidense. Este articulo pretende analizar el contenido de dicha lista, partiendo del hecho de que se desconoce el motivo por el que cada persona está incluida en la misma. Aunque parece altamente probable que muchas de las personas incluidas en la lista no están involucradas en actividades criminales, vale la pena analizar el conjunto ya que sirve como marco general para establecer los alcances y gravedad de las acusaciones contra Juan Antonio “Tony” Hernández. El análisis compartido a continuación no incluye a 10 de las personas de la lista, a las que no se ha logrado identificar.

Ciudadanos estadounidenses:

Entre los 85 nombres se ha identificado a ciudadanos de los Honduras, Guatemala, Colombia, México y los Estados Unidos de América.

En la lista figuran al menos 4 ciudadanos estadounidenses. El primero es James Nealon, ex embajador de Estados Unidos en Honduras y cuya relación con el caso es evidente ya que estuvo en el país cuando se fraguó la conspiración enjuiciada. Su cercanía al caso se evidencia aún más teniendo en cuenta que el Capitán de las Fuerzas Armadas de Honduras, Santos Orellana, denunció haber sido presionado por la DEA para denunciar una conspiración para atentar contra la vida del embajador Nealon orquestada por Wilter Blanco y Tony Hernández, ambos sujetos piezas clave del caso.

El otro estadounidense es George Papadopoulos. En este caso la conexión con la trama es difícil de establecer. Una búsqueda en Google refiere que hay un George Papadopoulos que fue un ex miembro del panel asesor en política exterior de la campaña presidencial de Donald Trump de 2016. El 5 de octubre de 2017, Papadopoulos se declaró culpable de hacer declaraciones falsas a agentes del FBI sobre los contactos que tuvo con el gobierno ruso en 2016 en relación con las relaciones entre los Estados Unidos y Rusia y la campaña de Trump. Se desconoce si se trata de la misma persona.

Los dos últimos estadounidenses mencionados son los agentes de la DEA Sandalio González y Gregg Marvis.

Personas involucradas públicamente con el narcotráfico:

Se han contabilizado 52 personas vinculadas al narcotráfico dentro de la lista. 42 de ellas son hondureños, 8 guatemaltecos, un mexicano y un colombiano. Entre los hondureños destaca un narcotraficante que Tony Hernández calificó como su mejor amigo en su primera declaración a la DEA al ser detenido: Carlos Mauricio Toledo.

También llama la atención el caso de Nery Orlando Lopez Sanabria, narco que manejaba 3 identidades (las otras dos también aparecen en la lista y son la de Magdaleno Meza Funes y Wilson López). Este sujeto ya fingió su propia muerte para evitar ser extraditado y es el propietario de la libreta que la fiscalía presento como prueba contra Tony Hernández el 3 de octubre.

Por último, figura otro narcotraficante llamado Rubén Mejía, alias Yuquita, acusado de ser el autor intelectual del asesinato del fiscal de oro Orlan Chávez.

Organizaciones vinculadas con las personas incluidas en la lista:

El listado incluye a figuras relacionadas con diversos carteles

  • Cachiros: ahí están los hermanos Devís Leonel y Javier Rivera Maradiaga
  • Valle Valle:  Luis Alfonso y Miguel Arnaldo Valle Valle
  • Cartel AA: hermanos Alexander y Hugo Ardón entre otros
  • Cartel del Atlántico: Wilter Blanco
  • Clan de los Montes Bobadilla
  • Cartel de Sinaloa: el Chapo Guzman
  • Los Zetas: figuran varias personas que trabajan para este cartel en Guatemala como Jairo Orellana Morales
  • Cartel de los Soles: se menciona a dos personas conectadas con los sobrinos del presidente venezolano Nicolás Maduro, que actualmente colabora con la justicia estadounidense por su implicación en el narcotráfico. Estas personas son Roberto Jesús Soto Garcia y Amilcar Leva Cabrera (asesinado en 2015).


Personas asesinadas en la lista:

Se ha podido identificar que 8 de las personas incluidas en la lista fueron asesinadas en los últimos años, en todos los casos en ejecuciones al más puro estilo del crimen organizado. Además, 3 familiares de una de las personas incluidas en la lista fueron ejecutadas en una masacre en la ciudad de San Pedro Sula en 2019. Uno de los asesinados es Franklin Arita, cuya muerte es adjudicada a Juan Carlos “el Tigre” Bonilla, en el documento presentado por la fiscalía el pasado 2 de agosto. Según el mismo documento, Bonilla habría actuado siguiendo ordenes de “Tony Hernández”. Llama la atención que otro de los muertos era informante de la DEA en conexión con el caso de los narcosobrinos de Venezuela (Amilcar Leva Cabrera).

Personas vinculadas al Partido Nacional

En el documento figuran 15 personas vinculadas al Partido Nacional, incluyendo a Juan Orlando Hernández, Porfirio Lobo, Tony Hernández y Fabio Lobo. Además, figuran tres ministros, ambos señalados de tener vínculos con el narcotráfico. El primero es el actual Secretario de Defensa Samuel Reyes, muy vinculado a Tony Hernández. También figuran el ex ministro Miguel Pastor y el Ministro Roberto Ordoñez, ambos salpicados por el caso narcopolítica de MACCIH/UFECIC.

Además, se menciona a diversos diputados nacionalistas como Geovanny Ekonomo, Juan Carlos Valenzuela y Oscar Nájera.

Personas vinculadas al resto de partidos:

Cabe señalar que en el documento figuran los 3 últimos presidentes de la República, incluyendo al líder de LIBRE Manuel Zelaya Rosales y al mandatario de facto Roberto Micheletti. Aunque no está todavía claro diversas fuentes apuntan a que la inclusión de Zelaya y Micheletti podría deberse a la necesidad de contextualizar la conspiración juzgada en el contexto del golpe de estado de 2009, sin tener por qué estar ambas personas relacionadas con el tráfico de drogas.

También aparece un miembro de la Policía Nacional depurado, llamado Rubén Santos, primo de los hermanos Rivera Maradiaga (los Cachiros) y esposo de la lideresa del PAC Marlene Alvarenga.
Del Partido Liberal se menciona a 4 diputados, entre los que destaca el actual vicepresidente del Congreso Nacional Víctor Rolando Sabillón y exdiputados extraditados como Fredy Nájera y Midence Martínez.

Policías y expolicías:

El listado incluye al menos a 8 policías hondureños. Ya hemos mencionado el caso de Rubén Santos, esposo de Marlene Alvarenga, así como el de Juan Carlos Bonilla. Los policías incluidos están involucrados en crímenes de alto impacto, como el asesinato de Alfredo Landaverde y Julián Arístides González (Mauro Antonio Flores Santos). También incluye a Mario Guillermo Mejía Vargas, acusado de asesinar al fiscal de oro Orlan Chávez. Otro caso llamativo es el de Normando Rafael Lozano, nombrado en 2014 el mejor policía de su promoción, y extraditado a Estados Unidos en 2015 acusado de trabajar para el Cartel de Sinaloa.

Como figura positiva en lo referente a la lucha contra el narcotráfico en la Policía aparece en el listado Ramon Sabillón, responsable de la captura (y posterior extradición) de las cabezas del cartel de los Valle Valle, que denuncio persecución política a causa de esto y que fue finalmente expulsado de la policía.

Conclusión:

El juicio a Tony Hernández está resultando todavía más complejo de lo que cabía esperar. Los señalamientos de la fiscalía federal alcanzan a los máximos representantes del actual gobierno, y no se puede descartar que otros miembros del gabinete se vean salpicados.

La magnitud de las conexiones internacionales de la conspiración juzgada revela, que incluye a figuras de la envergadura del Chapo Guzmán, ilustra la importancia del caso para la fiscalía estadounidense. La vinculación de la trama con el caso de los narcosobrinos del mandatario Venezolano Nicolás Maduro, que fueron detenidos por la DEA en Haití y posteriormente condenados a 18 años de cárcel por tráfico de drogas, agrega un factor geopolítico a la trama, relacionado con las prioridades políticas de Estados Unidos para América Latina más allá de la guerra a las drogas.

La violencia que ejercían los miembros de la trama queda patente por el alto número de asesinatos relacionados con las personas incluidas en la lista y revela que el patrón de violencia en Honduras en los últimos años ha estado marcado por las dinámicas criminales ejercidas por varias de las personas incluidas en la lista. La lista relaciona con la trama supuestamente dirigida por Tony Hernández algunos de los crímenes más sonados de los últimos años en Honduras, como la muerte de los zares antidrogas Alfredo Landaverde (2011) y Julián Arístides González (2009); o el asesinato de Orlan Chávez, un fiscal asesinado en 203 que se había destacado por su valentía en la persecución del crimen organizado y el lavado de activos desde la Unidad Contra el Lavado de Activos de la Fiscalía de Privación de Dominio.

Mientras que la fiscalía federal estadounidense considera que “Honduras es uno de los lugares más violentos de la tierra, en gran parte por personas como el acusado (Tony Hernández) y sus co-conspiradores (entre los que se incluye a Juan Orlando Hernández – CC4)”, el gobierno de Juan Orlando niega todas las acusaciones y su familia sigue haciendo una defensa implacable de Tony Hernández. En pocas semanas concluirá el juicio en Estados Unidos. Una vez concluido, en Honduras será la ciudadanía la encargada de exigir responsabilidades al presidente Hernández, que a la fecha no parece proclive a rendir cuenta alguna.

jueves, 8 de agosto de 2019

Honduras y el "narcobusiness as usual"

Publicado originalmente en Publico.es

El pasado 2 de agosto se hizo público un documento presentado ante una Corte de Justicia de Nueva York, en el que fiscales federales acusan al actual presidente hondureño Juan Orlando Hernández, conocido como JOH, a su antecesor Porfirio Pepe Lobo, a su hermano Tony Hernández y a varias figuras clave de la política y la policía hondureña de ser coparticipes en una conspiración para introducir cocaína en los Estados Unidos. El documento contiene varias acusaciones más, relacionadas con el asesinato de dos personas, financiación de campañas políticas y del gobernante Partido Nacional, y la realización de maniobras para cesar a altos cargos policiales por suponer una amenaza para las actividades criminales de los acusados.

Manifestantes se enfrentan a la policía de Honduras durante una protesta exigiendo la salida del presidente, Juan Orlando Hernández, señalado por la Fiscalía de Nueva York en una presunta conspiración para usar dinero del narcotráfico con el fin de mantenerse en el poder. EFE/ Gustavo Amador
Manifestantes se enfrentan a la policía de Honduras durante una protesta exigiendo la salida del presidente, Juan Orlando Hernández, señalado por la Fiscalía de Nueva York en una presunta conspiración para usar dinero del narcotráfico con el fin de mantenerse en el poder. EFE/ Gustavo Amador

Estas revelaciones supusieron un exacerbamiento de la crisis política permanente en la que vive sumida Honduras desde el golpe de Estado de 2009, que se agudizó tras las cuestionadas elecciones de 2017 y con las movilizaciones sociales contra la privatización de la salud y la educación que se han dado en los últimos meses. La respuesta del gobierno fue la que se esperaba: en rueda de prensa el 3 de agosto el presidente comparecía ante los medios para negar todas las acusaciones realizadas por la fiscalía de Estados Unidos, atribuyendo los hechos a una conspiración en su contra gestada por narcotraficantes perjudicados por su gobierno. No se produjeron dimisiones ni se va a realizar investigación alguna.
Podrá parece sorprendente fuera de Honduras que un gobierno se sostenga ante semejantes acusaciones, pero cuando se conocen los antecedentes el efecto sorpresa se diluye. Y es que los hechos contenidos en la acusación presentada por el fiscal federal Emil J. Bove se basan en eventos que ya son de sobra conocidos en Honduras. Desde hace varios años son continuas las noticias que llegan desde las cortes estadounidenses implicando a los principales cabecillas del Partido Nacional y las cúpulas policiales y militares en el narcotráfico, siendo el documento hecho público el pasado 2 de agosto el último episodio de una narconovela que se ha desarrollado ante el público hondureño e internacional bajo la mirada complaciente de Estados Unidos y el resto de la comunidad internacional.
Desde hace décadas el gobierno estadounidense, a través de la CIA, la DEA y demás agencias cuenta con un inmenso equipo desplegado en Honduras, y colabora, si no es que controla, las labores de inteligencia, contrainteligencia y lucha contra el narcotráfico del estado hondureño. Ante esta situación, lo lógico sería pensar que desde Washington han estado informados durante todos estos años sobre el grado de penetración del crimen organizado en las autoridades hondureñas, lo que contradice totalmente las declaraciones y acciones del gobierno estadounidense, que oficialmente considera a Hernández como un aliado.
El hecho de que el ejército hondureño se dedicase a derribar narcoavionetas, violando la legislación estadounidense, obligando a la DEA a desconectar el único radar capaz de detectar dichas naves no pareció convencer a Estados Unidos de que Lobo, Hernández y su partido eran socios poco fiables en la lucha contra el narcotráfico. Tampoco importó que se procesase judicialmente al hijo de Lobo y al hermano de Hernández por tráfico de drogas y armas a gran escala. Ni que al hermanísimo del presidente se le llegase a acusar de conspirar para atentar contra el exembajador de Estados Unidos en Honduras James Nealon. Tampoco cambio el rumbo de las relaciones bilaterales las múltiples delaciones contra ministros y altos mandos de la policía y el ejército por parte de narcotraficantes presos en Estados Unidos. Con estos y muchos otros antecedentes, el 5 de agosto, el gobierno de Estados Unidos se reunió con Hernández para reafirmar públicamente la estrecha colaboración y cooperación entre el gobierno de Trump y el de Hernandez en materia de desmantelamiento de redes criminales internacionales.

Un manifestante con un cartel exigiendo la salida del presidente, Juan Orlando Hernández, señalado por la Fiscalía de Nueva York en una presunta conspiración para usar dinero del narcotráfico con el fin de mantenerse en el poder. REUTERS/Jorge Cabrera
Un manifestante con un cartel exigiendo la salida del presidente, Juan Orlando Hernández, señalado por la Fiscalía de Nueva York en una presunta conspiración para usar dinero del narcotráfico con el fin de mantenerse en el poder. REUTERS/Jorge Cabrera

Frente a esta situación surgen varias preguntas: ¿realmente existe una guerra contra el narcotráfico? ¿Qué pretende el gobierno estadounidense lograr a través de esa supuesta guerra? ¿a algún país o institución internacional le importa en realidad la legalidad, la lucha contra la corrupción o la defensa de la democracia y los derechos humanos? ¿o simplemente las relaciones internacionales se basan en un discurso hipócrita que esconde el interés de mantener a quien sea en el poder con tal de que sea funcional a los dictados de las grandes potencias?
A estas alturas, resulta sorprendente que Juan Orlando Hernandez siga en el poder simplemente negando todas las acusaciones. También lo es la total pasividad de la comunidad internacional ante todas las evidencias en contra del mandatario y su entorno. Aunque no se han producido actos de adhesión a Hernández tan explícitos como el estadounidense desde otros estados, al día 7 de agosto ninguna embajada, u organismo internacional ha pedido explicación alguna de lo acontecido ni tomado medida alguna.
Ante la actual situación, habría que preguntar al Gobierno español cómo valoran que con su cooperación un gobernante acusado de narcotráfico haya logrado aprobar un Código Penal que contiene una reducción de penas del delito de narcotráfico, lavado de activos, y de varios delitos contra la corrupción, al tiempo que abre la puerta a que se detengan las extradiciones de narcotraficantes hacia Estados Unidos. También valdría la pena preguntar a la Unión Europea si han valorado el efecto de su cooperación con Honduras, bajo la modalidad de apoyo presupuestario, el más favorable para el gobierno. Sobre todo, teniendo en cuenta que existen redes de corrupción a gran escala al interior de la administración hondureña que ya han empleado fondos de la cooperación internacional para fines partidistas y para el enriquecimiento personal de gobernantes. Esto en la Unión Europea lo saben muy bien, ya que financian una misión de la OEA contra la corrupción, la MACCIH, que ha logrado evidenciar la existencia y operatividad de dichas tramas. Las alabanzas que han dedicado estos años a Hernández desde el FMI no han sorprendido a nadie, pues esta institución se comporta como la banca privada, preocupada solo de cobrar a tiempo. Lo que sí fue sorprendente fueron las efusivas felicitaciones por su desempeño económico recibidas por Hernandez recientemente de una representante de la CEPAL. El silencio del resto de organismos y embajadas lo dice todo.

Lo que está ocurriendo en Honduras es un síntoma evidente de la grave enfermedad moral que corroe el mundo de las relaciones internacionales. Por un lado, evidencia la falacia de la guerra a las drogas, que hoy muestra su verdadera cara como instrumento de sometimiento y dependencia de las naciones latinoamericanas al poderío estadounidense. Por otro, muestra que la inmoralidad y el mantenimiento del business as usual (en este caso narcobusiness as usual) son la regla y no la excepción en el mundo de las relaciones internacionales.

viernes, 2 de agosto de 2019

Migración y violencia en Honduras

Publicado originalmente en Publico.es

El fenómeno migratorio es, sin lugar a dudas, una de las principales respuestas de la población hondureña a la severa crisis económica, social y de seguridad que vive el país. Son decenas de miles las personas que cada año deciden abandonar el país buscando mejores oportunidades de vida. Valga como referencia que solo entre enero y marzo de 2019 fueron 19,000 los hondureños retornados al país, la mayoría por vía terrestre y con rumbo hacia Estados Unidos. Durante décadas, el fenómeno estuvo asociado principalmente a las altas tasas de pobreza prevalentes en el país, a diferencia de sus vecinos inmediatos, que en los 80´s también experimentaron masivos flujos migratorios, pero como consecuencia de los conflictos armados que asolaron la región en esos años en el marco de los últimos estertores de Guerra Fría. Según Yolanda Gonzalez, investigadora de la organización ERIC-SJ “en Honduras se inició un ciclo migratorio en los 90, con una migración dirigida hacia Estados Unidos predominantemente por razones económicas, de hombres urbanos, y tenía su réplica interna en los desplazamientos del campo a la ciudad. Coincidía en el tiempo con la llegada de la industria maquiladora, y el fin de los tímidos intentos de reforma agraria en Honduras”.
Aunque no está claro en qué momento se cerró este ciclo, aunque es evidente que en la actualidad el fenómeno migratorio tiene características diferentes.  Según Gonzalez “fue la crisis desatada como consecuencia del golpe de Estado de 2009 la que marcó el inicio de un nuevo ciclo: a la crisis política la siguió la crisis económica, se vivió un aumento de la narcoactividad, de los niveles de violencia y un repunte del militarismo, que se produjo simultáneamente a un aumento de la corrupción y una agudización del modelo económico neoliberal-extractivista, asfixiante para la población”. Lo que caracteriza este nuevo ciclo es que rompe con el anterior paradigma del hombre migrante en busca de mejores condiciones económicas. La presencia de mujeres entre la población migrante es una realidad palpable en el ciclo actual. En muchas ocasiones como cabezas de familia y acompañadas de hijos y otras personas dependientes. Adicionalmente, existe una presencia cada vez más importante de menores de edad que viajan solos, tal como se puso en evidencia con la crisis de menores no acompañados de 2014, que desató las alarmas en Estados Unidos sobre un fenómeno que ya existía en la región. Pero lo que caracteriza de una manera más clara este nuevo ciclo es la gran cantidad de solicitantes de asilo que salen del país. Se trata de decenas de miles de hondureños que huyen de la violencia generalizada que existe en Honduras y cuyo número ha crecido exponencialmente desde 2013, hasta alcanzar los 74,213 solicitantes de asilo hondureños de 2017. Según la “encuesta sobre percepciones de la situación hondureña en 2018” realizada por ERIC-SJ, la violencia seria, en la opinión de los hondureños, la segunda causa de migración en el país, tras la falta de oportunidades económicas. Además, en la misma encuesta se consultó también a la población si tenía algún conocido, familiar o vecino que hubiera emigrado por esa razón, siendo la respuesta afirmativa para el 30,3%.
De esta forma, la violencia generalizada que se da en Honduras supone un importante motor del fenómeno migratorio, tanto a nivel internacional como a lo interno del país. Según el Consejo Noruego para Refugiados, en 2018 existían 190,000 personas desplazadas por violencia en Honduras. Entre las principales causas este fenómeno se encuentra las actividades de maras y pandillas, aunque existen otros motivos, y apuntar únicamente hacia estos actores puede invisibilizar parte de la realidad. Según Yolanda Gonzalez “existe la idea de que el actor principal que provoca desplazamientos humanos son las maras, por su relación con el fenómeno de la extorsión. Sin embargo, desde punto de vista de ERIC-SJ las maras no podrían provocar esta situación sin la connivencia y colaboración de otros actores”. Así, la acción del Estado resulta clave para entender el fenómeno de desplazamiento y violencia. En el caso hondureño las autoridades no tienen voluntad o no tienen capacidad de proteger. En ocasiones son cómplice de los grupos criminales y en muchas ocasiones el estado es el victimario (casos de autoridades en contubernio con maras, extorsionadores, narcotraficantes). Además, en no pocas ocasiones los casos de desplazamiento tienen que ver con conflictos no relacionados directamente con la criminalidad organizada, como los generados en defensa del medio ambiente y los recursos naturales, que normalmente enfrentan a empresas y pobladores y en los que el Estado ejecuta un papel de agresor.
El camino que tienen que hacer frente los migrantes hasta llegar a su destino en Estados Unidos es largo y peligroso. El viaje más común pasa por Guatemala hasta llegar a Chiapas, cruzando posteriormente de Norte a Sur el territorio mexicano. Durante el mismo los hondureños se ven criminalizados por las autoridades mexicanas, país que aplica fuertes restricciones a la movilidad de los centroamericanos como consecuencia de las presiones de Estados Unidos, redobladas desde la llegada de Trump a la presidencia, que ha logrado que Guatemala firme un acuerdo declarándose “tercer país seguro”, a efectos de poder absorber decenas de miles de deportados de territorio estadounidense, y que en la actualidad presiona a México para realizar una declaración similar. Pero si hay algo que causa temor entre los migrantes, es convertirse en victimas del crimen organizado, que ha encontrado un lucrativo negocio en el control de las redes de migración ilegal y en la explotación económica y sexual de los propios migrantes. En este sentido, el coyote sigue siendo un actor propio investigado, que actúa en un negocio (el de las redes clandestinas de migración) que ha sufrido importantes mutaciones en los últimos años. Estas redes, han pasado de tener una base local a integrarse como uno de los grandes negocios de los grandes grupos del crimen organizado. De esto forma, actores como los Zetas u otros carteles han logrado una mayor implantación y rentabilidad de sus actividades mediante la explotación del fenómeno migratorio. La consecuencia directa ha sido un aumento de la vulnerabilidad de las personas migrantes, que pueden ser agredidas, asesinadas, abusadas y explotadas sexualmente o incluso reclutadas para todo tipo de actividades del crimen organizado.
Por otro lado, las políticas estatales para afrontar los fenómenos de la criminalidad no parecen dar los resultados esperados. Entre estas cabe destacar la de la guerra a las drogas, bajo cuya acción la criminalidad organizada ha logrado un fortalecimiento sin precedentes al calor del lucrativo negocio de la cocaína. Pero también otras, como la permisividad en la portación de armas en el país (la ley permite que cada persona posea hasta 5 armas de fuego), el escaso control de las actividades de las empresas de seguridad privada, que podrían estar drenando miles de armas de fuego al año al mercado negro y los procesos de securitización y militarización del Estado.
La desesperación ante un contexto de violencia y pobreza extrema en el hogar, y la perspectiva de un viaje peligroso e incierto durante la ruta migratoria provocaron que en 2018 se generase un fenómeno migratorio inédito: las caravanas de migrantes. La primera de estas caravanas inicio el 12 de octubre de 2018 en la ciudad de San Pedro Sula, iniciando un periplo hacia la ciudad de Tijuana que atrajo la atención mediática internacional. Para ERIC-SJ, la existencia de esta caravana no supone la intensificación del flujo migratorio, sino simplemente la visibilización mediática de un drama que venía produciéndose desde hace años. Entre los testimonios de las decenas de miles de personas que participaron en esta caravana se escucharon con fuerza los relatos de violencia y las situaciones desesperadas de familias enteras que huían de su país para salvar la vida. Aunque desde diversos ámbitos políticos y mediáticos se quiso vincular la existencia de estas caravanas a intereses políticos ocultos, resultó evidente que viajar en grupo fue una estrategia de los migrantes para hacer frente a la criminalización y la violencia durante toda la ruta migratoria, y para presionar al gobierno estadounidense y a la comunidad internacional para lograr apoyo para sus demandas y necesidades.

lunes, 29 de julio de 2019

Structural violence and displacement in Central America and Colombia

Publicado originalmente en Latin America Bureau

This article was prepared for Christian Aid by Nathalie Mercier (Guatemala), Maria Useche (Colombia), Tania Grande (El Salvador) and Javier SanVicente (Honduras)
The devastating image of Salvadoran immigrant, Óscar Martínez, with his two-year-old daughter, Valeria, their lifeless bodies found drowned in the Río Bravo; the photographs of children and adolescents held in cages in detention centres, described by congresswoman Alexandria Ocasio Cortéz as “concentration camps”, and where five Guatemalan children have died; thousands of people walking in caravans, the first of which started its journey in the Honduran city of San Pedro Sula last October, their scanty personal possessions in their hands, and facing police repression in their path. Confronted by these shocking images , it no longer seems appropriate to talk about the search for the ‘American Dream’, but rather an escape from a Central American nightmare, and from a situation that US foreign policy in recent decades has played a critical role in creating.
The tightening of US migration policy under the Trump administration has not halted the phenomenon; on the contrary, in 2017, the first year of the current US government, 294,000 people from the north of Central America (Guatemala, Honduras and El Salvador) applied for asylum or refuge an increase of 58 per cent in comparison with 2016.

Motives for migration

For many immigrants, the main motivation for embarking on this perilous journey continues to be poverty and the lack of economic opportunities in their home-country. To use the term coined by Johan Galtung in the 1960s, this they are the victims of “structural violence”, a system in which power dynamics leads to unequal life opportunities.
A moving short photo-video from Francisco Elías Prada and Ángela Rodríguez Torres of LAB partner Ojos Ilegales, Venezuela. The photos convey haunting images of migrants from Central America as they cross Mexico in a desperate attempt to reach the USA.
Such was the case of the 19-year-old Guatemalan indigenous woman, Claudia Patricia Gómez, who was shot last year by a US Border Patrol agent. According to her mother, interviewed by the BBC, ‘(she said) “mum, we’ll be better off. I’m going to earn a living, I need to do this”… we’re poor, there’s no work here, that’s why my daughter left, but then she was killed.’
Claudia Patricia Gómez González, immigrant murdered by an agent of the Border Patrol. Source: http://www.elmanana.com.mx/
At the same time, however, a growing number of people are fleeing the violence generated by drug trafficking and criminal gangs. According to an article in El Faro, victims face a terrifying rate of homicides, as well as extortions, sexual violence, threats and attacks from gangs, abuse of authority by State security forces, dismissive attitudes from government and a context of widespread impunity.
The four countries considered here all have homicide rates that are more than double what the World Health Organisation considers to be the threshold for ‘endemic violence’. According to World Bank statistics from 2016 (the last year for which statistics are available), the homicide rate per 100,000 inhabitants in Colombia was 26, Guatemala 27, Honduras 57 and El Salvador 83, the last two being the highest of all of the countries monitored.
Violence disproportionally affects young people; according to UNDP statistics for El Salvador, ‘the homicide rate for young people was more than 53.4 per cent greater than that for adults in the period 2007-2017’. The risks for young people in Central America are closely linked to the problem of gang violence in the region, which exploded following the mass deportations of gang members from the United States in the 1990s. According to data from the Salvadoran National Civil Police and the General Penitentiary Director, in 2017 it was estimated that there were 64,587 gang members in the small Central American country (about 1 per cent of the country’s total population), of whom 43,151 were on the streets, and 21,436 in prison.
Nonetheless, while the violence of gangs and other criminal groups is undoubtedly a serious problem which has a great influence on public security in the Northern Triangle of Central America and Colombia, directing all blame at these groups merely serves to obscure other important factors. According to Yolanda González, a researcher with the organisation ERIC-SJ in Honduras, ‘There is the idea that the gangs are the main force behind the displacements, given their involvement in extortions. However, from ERIC-SJ’s point of view, the gangs would not be able to generate this situation without the active participation of other groups’.

Political violence

Apart from criminal activity, political violence also has an important role to play. The 2009 coup d’état in Honduras, supported by the US State Department, unleased a new economic crisis and several waves of military repression. In many cases, it is almost impossible to separate political violence from criminal violence, especially in so-called “narcoestados” (narco-States; a term first used in the 1980s to describe Colombia). Yolanda González considers ‘The crisis generated by the 2009 coup d’état marked the beginning of a new cycle: the political crisis was followed by an economic crisis, an increase in drug trafficking, the levels of violence and military reactions, which at the same time increased levels of corruption and reinforced the neoliberal-extractivist model, which is suffocating the population’.
A study carried out in Guatemala found that drug-trafficking in that country had weakened the Rule of Law in several ways:
  1. the expansion of the illegal economy, which distorts the country’s economy due to money-laundering;
  2. the emergence of ever-more complex criminal structures, which seek to influence decision-makers at local level, and in turn distort legitimate power structures;
  3. the development of spin-off criminal activities such as arms dealing and human trafficking;
  4. the increase in corruption.
According to a group of US security experts, organised crime has managed to gain so much control of Guatemalan institutions that the country is on the verge of becoming a narco-State.
The neoliberal and extractivist economic model, as well as accentuating the effects of poverty for a large part of the population, has increased risks for people who defend their rights and their land, by opening the way to international megaprojects.
Although for the most part international news media have focused on the US immigration crisis, political crises in other countries, such as Nicaragua and Venezuela, have also generated mass migration within the region. According to Colombian Foreign Ministry statistics, since September 2018, 1,235,593[i] people have arrived in the country, mostly Colombians who have returned from abroad and Venezuelans. As the World Bank has documented in its 2018 report on the Venezuela-to-Colombia migration, the post-conflict problems that Colombia faces are further complicated by the mass immigration of Venezuelans.

Internal displacement

The factors identified above contribute not only to fuelling cross-border migration, but also provoke internal displacement. According to the Global Report on Internal Displacement, in 2018 El Salvador joined the list of the ten countries most affected by displacement caused by criminal violence, with a total of 246,000 people having suffered this violation of their basic rights since 2016. In Colombia, more than 12 per cent of the population are victims of forced displacement as a result of the armed conflict, about seven million people according the official Victims Register.
Displacement disproportionally affects women, given that they often are forced to move their entire families, which means a greater cost. Female migrants also face specific risks on their journey, as sexual violence and human trafficking is rife, at the hands of criminal gangs who have identified a highly profitable business in the control of illegal migration networks and the economic and sexual exploitation of migrants. Furthermore, there is an ever-greater presence of unaccompanied minors, especially since 2014.
In El Salvador, according to local organisation Cristosal, women comprise 54 per cent of the displaced population in 2018, and typically have to take on additional responsibilities, having under their charge children and elderly relatives. Men, in contrast, tend to move on their own, and before the rest of the family is forced to leave.
In the case of Colombia, the National Centre for Historical Memory’s National Report on Forced Displacement published in 2015 indicates that ‘slightly over 50 per cent of the displaced population are women (3,301,848); 2,279,576 are minors (of whom 1,480,983 are less than 12 years old); according to demographic data from 2005, around 15 per cent of the total of the Afro-Colombian population and 10 per cent of the total indigenous population have been displaced. 87 per cent of the population that has been forced to leave their land lived in rural areas, some of them Afro- and indigenous populations who lived on collectively-owned land that was officially recognised by the State.’[ii] The report also highlights the phenomenon of the descampesinización (de-ruralisation) of the land, which is due ‘not only to the large number of campesinos (rural subsistence farmers)  that have been displaced in rural areas, but also to the lack of value that the State places on the campaigns and demands of campesino populations.’

Little support for the displaced

There is a great stigmatisation, not only of those who emigrate to other countries, but also for those who are internally displaced, and Central American states in particular are not responding appropriately, with special services that could facilitate relocation.
In Guatemala, for example, State services provided to the internally displaced population are almost non-existent, with State forces often causing displacement through forced evictions, usually in the interests of wealthy landowners or large companies to clear the way for their megaprojects.. Where drug-trafficking has taken over large swathes of the country’s land, this has on occasion been used to justify State-incursion in communities. One such case is that of the community of Nueva Esperanza in the department of El Petén, which was forcibly evicted by the national army in 2011. Approximately 300 rural subsistence farmers (among them women and children) were forcibly expelled from their land, under the pretext that they were supporting or collaborating with drug-trafficking. They found themselves with no option but to flee to Mexico.
Cover story, Prensa Libre. ‘Displaced people suffering hardship in Mexico’.
People displaced from Nueva Esperanza, Petén, Guatemala. Photo: Prensa Libre
The State’s actions are also key to understanding displacement and violence in Honduras. There is neither the political will nor the capacity to protect displaced people, and on occasions the State is complicit with criminal groups or even, in the worst cases, is the perpetrator (such as when authorities are collaborating with criminal gangs, those involved in extortion, or drug-trafficking). What’s more, several cases of forced displacement occurred as a result of threats to environmental activists or those who protect natural resources. In such cases the State plays a key role, as it facilitates economic activities that generate forced displacement in the name of ‘development’.
After years of refusing to acknowledge the issue, in 2019 the Salvadorean government officially recognised the existence of groups that have been internally displaced due to criminal violence. Consequently, there is now a protocol for coordination between government institutions to support victims. As part of the Safe El Salvador Plan, twenty Victim Support Offices were established in 2017. These offices were not created only to help victims of displacement, but they have a mandate to support them from the Justice and Security Ministry’s Victims’ Support Unit. Nonetheless, their capacity is in practice limited to helping families to transport their personal possessions.
In contrast, in Colombia (given the long history of its conflict) the problem has been officially recognised, and there are elements of the constitution which aim to help this sector of the population. Even with these resources, however, impunity levels remain high for those who generate forced displacement – guerrillas, paramilitaries, dissidents, organised armed groups, extractive industries and, to a lesser extent, State security forces. These groups are able to conduct business as usual, given de facto protection by different political and economic interests or by omission of any measures to regulate their practice.
It is essential that public agencies take into account the different issues outlined here, and create policies that consider the intrinsic relationship between displacement and different types of violence, and that seek to find real solutions for this highly complicated problem that is having a profound effect on multiple lives.
Christian Aid is supporting projects, led by its local partners, that address the struggle against impunity in cases of grave human rights violations (including gender-based violence); the prevention of youth violence and promotion of peace culture; the struggle for the restitution of land rights; as well as projects which aim to transform war economies into peacetime ones, and which seek to challenge the structural causes of violence which, in turn, are both the cause and the consequence of forced displacement.

[i] Migración desde Venezuela a Colombia: impactos y estrategia de respuesta en el corto y mediano plazo. – Colombia: Banco Mundial, 2018. Pág. 15.
[ii] Centro Nacional de Memoria Histórica. Una nación desplazada: informe nacional del desplazamiento forzado en Colombia, Bogotá, CNMH – UARIV, 2015. Pág. 16.

viernes, 26 de julio de 2019

¿El sueño americano o la pesadilla centroamericana?

Publicado en El País

Por Tania Grande, Nathalie Mercier, Javier San Vicente
La desconsoladora imagen de los migrantes salvadoreños Oscar y su pequeña hija Valeria ahogados en el río Bravo. Las fotografías de niñas, niños y adolescentes enjaulados en centros de detención estadounidenses, calificados por la congresista demócrata Alexandria Ocasio Cortez como “campos de concentración”, en los cuales cinco niños guatemaltecos han muerto en los últimos meses. Las imágenes de miles de centroamericanos enfrentándose a la represión policial y recorriendo el territorio mexicano en sucesivas caravanas, tras la salida de la primera de ellas el 12 de octubre de 2018 desde la ciudad hondureña de San Pedro Sula.
Ante este panorama, ya no parece apropiado hablar de migrantes en busca del sueño americano sino más bien huyendo de una pesadilla centroamericana y de un contexto que las políticas estadounidenses han tenido un papel fundamental en generar a lo largo de las últimas décadas. El endurecimiento de la política migratoria bajo la administración de Trump no ha frenado mucho menos el fenómeno. En 2017, durante el primer año de mandato de Trump, 294.000 personas del norte de Centroamérica (Guatemala, Honduras y El Salvador) solicitaron asilo o refugio, un incremento del 58% con relación a 2016.
“Somos pobres, no hay trabajo aquí, por eso se fue mi hija pero lastimosamente la mataron” explicaba la madre de Claudia Patricia Gómez, la joven indígena guatemalteca de 19 años asesinada por un agente de la patrulla fronteriza de Estados Unidos el año pasado. Para muchas personas migrantes el motivo principal para enfrentarse a este peligroso viaje sigue siendo la pobreza y la falta de oportunidades económicas. Como ya señalaba Johan Galtung en los años sesenta, podemos interpretar esta falta de oportunidades como sintomática de una situación de violencia estructural. También en los últimos años, hay que sumar el actual escenario de emergencia climática, con el Corredor Seco Centroamericano como área altamente vulnerable, donde las poblaciones que ya no pueden cubrir sus necesidades de alimento, se ven obligadas a migrarcon impactos bien diferenciados para hombres y mujeres.
Al mismo tiempo, un número creciente de personas salen de su país huyendo de la violencia del narcotráfico y las pandillas criminales. Las víctimas de este tipo de violencia se enfrentan a una tasa espeluznante de homicidios, además de sufrir extorsiones, violencia sexual y abuso de autoridad. Esto ha sido recogido por una sentencia reciente que ha obligado al Gobierno salvadoreño a reconocer la existencia del desplazamiento interno por violencia y establecer un protocolo para la coordinación de las distintas instituciones del Estado para apoyar a las víctimas, aunque sigue siendo insuficiente.
Sin embargo, apuntar únicamente a las maras, pandillas u otras bandas de actores ilegales puede ocultar parte de la realidad: la violencia política también desempeña un papel importante. En Honduras el golpe de Estado de 2009, apoyado por Estados Unidos, desató una fuerte crisis económica y política y una interminable represión militar y policial. No se puede separar la violencia política de la violencia criminal, especialmente en los denominados narcoestados. “La crisis como consecuencia del golpe de 2009 marcó el inicio de un nuevo ciclo. A la crisis política siguió la crisis económica, se vivió un aumento de la narcoactividad, de los niveles de violencia y un repunte del militarismo, que se produjo coincidiendo con un aumento de la corrupción y una agudización del modelo económico neoliberal-extractivista, asfixiante para la población”, señala Yolanda Gómez, investigadora de la organización hondureña ERIC-SJ. Por esa razón, es importante trabajar para fortalecer a las organizaciones hondureñas que luchan contra la corrupción, como forma de devolver a la sociedad su poder y luchar contra la desigualdad.
Aunque la mayor parte del enfoque mediático en el mundo sobre la migración se relaciona con la crisis migratoria a Estados Unidos, también las crisis políticas como las de Nicaragua y Venezuela han provocado migraciones masivas dentro de la región. En cuanto a los desplazamientos internos, El Salvador entró en 2018 en la lista de los diez países más afectados por desplazamientos internos, con al menos un 54% de mujeres. Es así que el desplazamiento interno afecta de forma desproporcionada a las mujeres,por el hecho de que deben desplazarse con sus núcleos familiares, mientras los hombres suelen desplazarse solos. Ellas se enfrentan a riesgos específicos durante su trayecto, como la violencia sexual y la trata de personas a manos de grupos criminales. De igual forma, desde 2014 existe una presencia cada vez más importante de menores no acompañados en las rutas migratorias.
Tanto para las personas que migran a otros países como para las que se desplazan internamente, existe una fuerte estigmatización, y los estados centroamericanos no están respondiendo de una manera adecuada con servicios especiales que podrían facilitar la reubicación. Ante estos intentos fallidos, las organizaciones sociales debemos seguir desempeñando un papel fundamental para luchar contra la impunidad en caso de violaciones de derechos humanos, prevenir al máximo la violencia juvenil y promover una cultura de paz.