lunes, 12 de enero de 2026

Doble rasero en la guerra contra las drogas: ¿una novedad?

Publicado en Rebelion.org 

El pasado 1 de septiembre de 2025, el presidente estadounidense Donald Trump escandalizó a la comunidad internacional al atacar una lancha procedente de Venezuela que supuestamente transportaba drogas con destino a Estados Unidos y en la que fueron asesinadas 11 personas. Desde entonces, Trump ha bombardeado otras 30 lanchas, ejecutando a más de 100 personas. Sin pruebas, sin juicio, sin garantía alguna. Estas ejecuciones extrajudiciales, realizadas contraviniendo el derecho internacional, han ido acompañadas de un discurso amenazante, en el que Trump ha culpado al gobierno de Venezuela, y de otros países como Colombia o México, de no ser capaces de controlar el narcotráfico. Al mismo tiempo, Trump se ha arrogado el derecho de intervenir militarmente en terceros países para atacar a los cárteles de la droga. El presidente estadounidense no ha tardado en poner en práctica sus amenazas. El 3 de enero de 2026, lanzó un operativo militar en Venezuela en el que fueron bombardeadas diversas infraestructuras civiles y militares, al tiempo que un comando armado dirigido por la CIA secuestró al presidente venezolano Nicolas Maduro. Tras el ataque, que causó más de 80 muertos, Maduro fue trasladado a Estados Unidos, donde enfrenta cargos de narcoterrorismo en una Corte de Nueva York. Estas acciones del gobierno estadounidense, han causado profunda preocupación en América Latina y el mundo, debido a que podrían indicar el inicio de un periodo de intervención militar estadounidense en la región, no visto desde hace décadas.

Pero ha habido otra decisión de la Casa Blanca que ha causado profundo estupor a nivel internacional: la coincidencia en el tiempo de la cruzada contra el narcotráfico en Venezuela con la decisión del presidente Trump del pasado 28 de noviembre de 2025 de otorgar el perdón presidencial al ex presidente hondureño Juan Orlando Hernández. Hernández fue condenado en junio de 2024 a 45 años de prisión por delitos de narcotráfico y tráfico de armas por la Corte del Distrito Sur de Nueva York (el mismo tribunal en el que se va a juzgar al presidente venezolano Nicolás Maduro, que, de hecho, está detenido en la misma cárcel en la que estuvo recluido el ex presidente de Honduras). El perdón presidencial se produjo tan solo dos días antes de las elecciones de Honduras, en las que el gobernante Partido Libre (de izquierda), se enfrentaba a dos partidos de derecha: el Partido Liberal y el Partido Nacional. Trump liberó a Juan Orlando Hernández antes de la votación, alegando que había sido condenado en un proceso injusto, al tiempo que pedía el voto por Nasry Asfura, candidatado del partido del expresidente Hernández. Para completar su habitual actitud injerencista en comicios de terceros países, Trump afirmó que, si no ganaba el candidato del partido de Hernández, Estados Unidos retiraría cualquier forma de apoyo económico a Honduras. Tras un turbio proceso electoral, rodeado de irregularidades, fue declarado ganador el derechista Nasry Asfura. Gracias en parte al apoyo de Trump, Honduras, que vivió una década de narco violencia bajo la hegemonía política de Juan Orlando Hernández, volvió a caer en las manos de un Partido Nacional altamente penetrado por el crimen organizado. En este caso la lucha contra el narcotráfico no parece la prioridad.

Los motivos por los que Trump decidió indultar a Juan Orlando Hernández son difíciles de descifrar. Es probable que considera al exmandatario y a su partido como la mejor apuesta para frenar a la izquierda en Honduras. Lo que resulta inverosímil es creer que Trump considere a Hernández verdaderamente inocente. Durante los juicios en Estados Unidos al ex mandatario y personas de entorno (el de su hermano Juan Antonio “Tony” Hernández, el del jefe de policía Juan Carlos “Tigre” Bonilla…), el Departamento de Justicia presentó pruebas y testimonios que revelaron una trama criminal iniciada en 2009, bajo la presidencia de Pepe Lobo y llegaron hasta la salida del poder de Hernández en 2020. Durante este periodo, el poder ejecutivo de Honduras patrocinó una ruta de narcotráfico, que movió 500.000 kilos de cocaína sudamericana con el apoyo de militares, policías, alcaldes y diputados oficialistas. Se hizo público que el hermano del presidente marcaba los paquetes de la droga con sus iniciales (TH), al tiempo que participaba en la planeación de asesinatos de alto impacto dentro de Honduras. La DEA también demostró la presencia de un importante narcotraficante en la Casa Presidencial de Honduras, que fue a reunirse con el entonces presidente de Honduras e incluso un testigo del gobierno federal afirmó que Hernández le había dicho que iba a “meter la droga en las narices de los gringos”. Por lo demás, al tiempo que Hernández y su entorno eran investigados en Estados Unido, los asesinatos de narcotraficantes vinculados a su grupo y que podían contar con información clave contra el expresidente se sucedieron. En una de esas ocasiones, se filtró un video de la ejecución de Magdaleno Meza, un narco detenido en una cárcel hondureña y sobre el que se había publicado información que indicaba que iba a convertirse en colaborador de la DEA para ofrecer información del papel de Juan Orlando Hernández en el narcotráfico. La muerte del reo se produjo con la complicidad del director del presidio en el que estaba encarcelado, que acompañó a Meza al pasillo de la cárcel donde fue tiroteado y macheteado. El video del asesinato se filtró a las pocas horas de producirse el crimen, y fue retransmitido por todos los grandes medios de Honduras, enviando un mensaje inequívoco a la población. Con posterioridad, fueron asesinados el director de la cárcel, la esposa de Magdaleno Meza y su abogado. El sistema de narco corrupción liderado por Hernández abarcó más de una década, incluyó a Pepe Lobo (anterior presidente de Honduras), alcaldes como Alexander Ardón o Arnaldo Urbina Soto, ministros y decenas de diputados oficialistas. Incluso hay una conexión de las narco-tramas de Hernández con el chavismo: su ministro de Seguridad, Julián Pacheco Tinoco, fue acusado por un informante del Departamento de Justicia de Estados Unidos de facilitar el uso del territorio hondureño a los sobrinos de Nicolás Maduro, detenidos por la DEA en Haití en 2014 y condenados a 18 años de cárcel por narcotráfico. Toda esta información, fue conociéndose desde comienzos de la presidencia de Hernández, a través de reportes publicados por grandes medios estadounidenses (The New York Times, Associated Press, Los Angeles Times, Miami Herald o Insight Crime) y por el Departamento de Justicia, que no hicieron flaquear el apoyo del gobierno estadounidense al mandatario, especialmente durante el primer gobierno de Trump.

También tuvo un papel clave en la revelación de toda esta estructura el trabajo de la Fiscalía del Distrito Sur de Nueva York, dirigida por entonces por Geoffrey Berman. Este fiscal, adscrito al Partido Republicano, fue al mismo tiempo responsable de liderar otras investigaciones al entorno de Trump, relacionadas con la financiación irregular de la campaña para el primer mandato del republicano. Berman, un enemigo declarado del actual inquilino de la Casa Blanca, fue cesado en junio de 2020, en un movimiento que se interpretó dirigido a frenar las investigaciones contra Trump. Es probable que la animadversión a Berman haya influido en la aparente amistad que Trump y Hernández han exhibido en los últimos años. Esta cercanía de se hizo patente en agosto de 2019, cuando la Fiscalía del Distrito Sur de Nueva York hizo público un documento judicial del juicio a Tony Hernández, en la que su hermano Juan Orlando aparece identificado como co-conspirador-4 (CC-4) en el caso de narcotráfico. Al poco tiempo de conocerse este documento, Juan Orlando viajó a Washington, donde publicó fotografías en redes sociales y sostuvo reuniones con el Departamento de Estado, que sirvieron para rebajar el impacto de las acusaciones vertidas en su contra por el Departamento de Justicia.  Posteriormente, la relación entre Trump y Hernández siguió siendo cordial, e incluso en abril de 2020, Trump contó a la prensa que había conversado con Hernández, y este le había recomendado utilizar hidroxicloroquina contra el COVID-19, remedio que Trump encomió a utilizar a los estadounidenses. Finalmente, la solicitud de extradición de Juan Orlando Hernández no fue recibida por Honduras hasta abril de 2022, ya con Joe Biden en la presidencia. Con estos antecedentes, el indulto a Juan Orlando Hernández, aunque indignante, no resulta tan sorprendente.

Por otro lado, a estas alturas el propio Trump ha dejado clara su prioridad en Venezuela: disciplinar a una potencia petrolera díscola, cada vez más alineada con China. Ni el retorno a la democracia, ni la lucha contra el narcotráfico figuran entre las prioridades expresadas por el mandatario, que asegura controlar Venezuela a través de la chavista Delcy Rodríguez. Por el momento, se descarta un cambio de régimen en favor de la oposición, y no se realizarán elecciones hasta que el presidente de Estados Unidos lo considere.

En todo caso, las acusaciones de narcotráfico contra el gobierno de Maduro son, por lo que sabemos hasta ahora, vagas, y no existen investigaciones periodistas y judiciales que demuestren la existencia de un sistema político cooptado por el narcotráfico como ocurría en la Honduras de Juan Orlando Hernández. Es cierto que Venezuela es un país de tránsito de la cocaína colombiana que viaja en dirección a Europa y Estados Unidos, pero ni siquiera esta es la principal ruta que lleva la cocaína hacia Estados Unidos (la que si lo hace discurre por el Océano Pacífico, desde Sudamérica y hacia México). Para justificar sus acusaciones, el gobierno estadounidense ha recurrido a una quimera: el “Cartel de los Soles”. Esta denominación, comenzó a utilizarse a medidos de los años 90, antes de la llegada del chavismo al poder, para referirse a la implicación de algunos militares venezolanos de alta graduación en el narcotráfico. Tras años sin saberse mucho más sobre esta supuesta organización, las autoridades estadounidenses comenzaron a referirse a la misma de nuevo tras la llegada del chavismo al poder, y utilizaron la utilizaron en una acusación de 2019 contra un grupo de militares chavistas dirigidos por Hugo Carvajal. Posteriormente, el termino ha seguido utilizándose, señalando de formar parte de esta supuesta organización a varios dirigentes chavistas como Diosdado Cabello, aunque sin aportar claridad en ningún momento sobre la estructura de este “cartel”. El 6 de enero, el Departamento de Justicia retiró buena parte de las referencias al “Cartel de los Soles” de la acusación contra Nicolás Maduro, demostrándose la falta de claridad que hay sobre la existencia de esta organización.

Tras la acción militar del 3 de enero (el mismo día que en 1990 Noriega se entregó a Estados Unidos tras la invasión de Panamá), Nicolás Maduro ha sido trasladado a Nueva York, para ser recluido en la misma cárcel en la que cumplía condena Juan Orlando Hernández. ¿Se puede esperar que la salida de Maduro del poder tenga algún impacto en las dinámicas del narcotráfico? Probablemente no. Trump ha declarado tras el secuestro del mandatario que a partir de ahora su gobierno va a tomar las decisiones en Venezuela, y que habrá grandes oportunidades para las empresas petroleras estadounidenses. También ha dejado en claro que no ha intervenido en el país para dar el poder a la oposición y restaurar la democracia en el país, y que permitirá a Delcy Rodríguez hacerse con el control de Venezuela siempre que se someta las directrices de Estados Unidos.

¿Por qué Trump ha decidido invadir Venezuela?

Es difícil saber las razones de una medida como esta, en Estados Unidos no dudan en achacar la misma a un intento de desviar la atención del público norteamericano sobre asuntos internos, o incluso sobre el proceso de revelación de los documentos de Epstein. Sin embargo, se pueden buscar las verdaderas razones de esta acción revisando la nueva estrategia de seguridad Nacional aprobada por Trump en noviembre de 2025. En este documento, el asunto del narcotráfico aparece mencionado varias veces, sobre todo como una consecuencia de la migración descontrolada, aunque no constituye ninguna de las 5 prioridades que define. La palabra “droga” aparece solo 3 veces en el documento, frente a las 11 veces de “migración” o las 20 veces de “energía”. El foco de la estrategia de Trump está centrado en ampliar la influencia estadounidense en el exterior, para lograr detener la migración masiva, asegurar el acceso a materias primas y recursos energéticos (se habla incluso de “dominación energética”) e imponer a los aliados de Estados Unidos la obligación de realizar mayores aportes en la gestión de los asuntos globales. Al referirse a su política para América Latina y el Caribe, el documento se autodefine como el “Corolario Trump” a la “Doctrina Monroe”, dirigido a restaurar la preeminencia de Estados Unidos en el hemisferio occidental. Las reminiscencias a esta doctrina, utilizada como justificación de numerosas intervenciones militares y golpes de estado no deja espacio a la interpretación: se deben esperar cambios de gobierno por la fuerza para alinear a los países de la región con los intereses de Trump. Ya lo hemos visto en Venezuela. La lucha contra el narcotráfico figura solo como una herramienta clave para implementar esta agenda política, económica y militarmente expansiva. Los objetivos en las Américas se definen claramente: limitar la influencia de sus “competidores” en la región (léase China y Rusia) y aumentar la presencia militar estadounidense en terceros países, incluyendo el despliegue de la Guardia Costera y la Marina en los mares de toda la región, así como garantizar un acceso expandido a determinados puntos estratégicos del hemisferio occidental (¿Panamá?, ¿Groenlandia?).

De esta forma, se puede concluir que Trump está instrumentalizando descaradamente la lucha contra el narcotráfico para imponer su agenda a nivel local y regional. No solo eso, la desvergüenza de la administración estadounidense llega a tal nivel, que mientras utiliza la guerra contra las drogas para derrocar a un presidente contrario a sus intereses, libera a un expresidente y narcotraficante convicto, responsable de múltiples asesinatos de transportar miles de toneladas de cocaína a su país.

¿Es la primera vez que Estados Unidos actúa de una manera tan contradictoria dentro de su cruzada contra las drogas?

Desde luego, el mundo no está acostumbrado (o al menos no hasta el inicio de la segunda presidencia de Trump) a una desfachatez de tal calibre en el manejo de la agenda antinarcóticos por parte del gobierno de Estados Unidos. Sin embargo, vale la pena realizar un breve análisis histórico para entender que, más allá de las formas, lo ocurrido en las últimas semanas se encuadra en un patrón que se ha repetido continuamente desde el lanzamiento de la guerra contra las drogas. Los ejemplos son tantos que no caben en un artículo, pero si vale la pena hacer referencia a algunos de los casos más sonados.

El caso con el que más paralelismos se han realizado es la invasión de Panamá y el encarcelamiento del que era su hombre fuerte en 1990: Manuel Noriega. Igual que hoy en Venezuela, entonces se justificó la invasión de Panamá como una misión contra el narcoestado panameño. Si bien es cierto que Noriega había convertido a su país en un gran centro de lavado de activos del narcotráfico y en un centro logístico y refugio seguro para narcotraficantes colombianos, no parece que la intervención militar fuera dirigida a poner fin a esta dinámica, sino más bien a deshacerse de un socio incomodo, que había demostrado hacer un doble juego durante el conflicto centroamericano en los años 80. Prueba del poco interés de los estadounidenses en poner fin a la influencia del narco en Panamá la constituye el hecho de que el gobierno nombrado tras la caída de Noriega, juramentado en la base militar estadounidense de Fort Clayton, escogió como fiscal general de la república a Rogelio Cruz, miembro del consejo de administración del First Interamericas Bank, banco panameño propiedad de Gilberto Rodríguez Orejuela, líder del Cartel de Cali. Cruz tuvo que renunciar años después, cuando se supo que como fiscal había descongelado varias cuentas del Cartel de Cali. Tras la caída de Noriega, el papel de Panamá en el lavado de activos para el narcotráfico aumentó no disminuyó, sin que Estados Unidos mostrase preocupación alguna. Por lo demás, hoy sabemos que Noriega fue un agente a sueldo de la CIA durante décadas y que Estados Unidos vio con buenos ojos su llegada al poder en Panamá tras la sospechosa muerte del nacionalista Omar Torrijos, a pesar de que el gobierno estadounidense contaba con información que vinculaba a Noriega con el narcotráfico desde los años 70.

Este tipo de actitud del gobierno norteamericano viene produciéndose desde los inicios de la guerra contra las drogas. Tras la II Guerra Mundial, la CIA no dudó en apoyarse en la Francia liberada en un clan criminal de origen corso liderado por los hermanos Guerini. Estos mafiosos recibieron carta blanca para convertir Marsella en el mayor centro de producción de heroína del mundo, a cambio de reprimir a la izquierda en la ciudad portuaria y colaborar en la caída del alcalde comunista electo tras la II Guerra Mundial. De la actividad del clan Guerini surgió una gran trama de narcotráfico, conocida como “Conexión Francesa”, que alió a los corsos con Cosa Nostra de Sicilia y Norteamérica para garantizar un flujo de heroína estable a la costa este de Estados Unidos. Las conexiones políticas de esta trama fueron innumerables. La propia Cosa Nostra siciliana tuvo un papel clave en la represión del movimiento comunista en Italia, y logró incrustarse con fuerza en el sistema político de su país, una vez más con el beneplácito del gobierno norteamericano. Del otro lado del charco, Cosa Nostra norteamericana también mantuvo relaciones con el gobierno estadounidense. Lucky Luciano, uno de los principales cabecillas del tráfico de heroína en Estados Unidos antes de la II Guerra Mundial, fue liberado de la cárcel tras el conflicto y deportado a Italia por los servicios que prestó durante la guerra al gobierno norteamericano. Poco después, estableció su base de operaciones en la Cuba de Batista, donde el juego, la prostitución y el tráfico de drogas se convirtieron en el motor económico de la isla.

En los años 60, con Estados Unidos metido de lleno en la Guerra de Vietnam, las contradicciones de la política antinarcóticos se hicieron aún más evidentes. Durante este conflicto, que tuvo importantes ramificaciones en Laos, Tailandia o Myanmar, una buena parte de los aliados militares estadounidenses tuvieron un rol clave en el desarrollo de la producción de opio y heroína en la región. El investigador estadounidense Alfred McCoy, reveló en su obra “The politics of heroin in Southest Asia” muchos aspectos de esta trama. Según este autor, en Laos, el líder militar Ouane Rattikone y el paramilitar Vang Pao, ambos firmes aliados de Estados Unidos, se enriquecieron y financiaron su esfuerzo bélico contra los comunistas con el dinero de la droga. En ambos casos la aerolínea Air America, propiedad de la CIA, facilitó la logística de las operaciones de narcotráfico de los lideres anticomunistas, transportando armas y drogas desde las montañas hasta ciudades costeras del sudeste asiático. Estos actores, junto con algunas unidades militares del Kuomintang desplegadas de forma irregular en Myanmar y Tailandia, así como altos cargos del gobierno de Vietnam del sur (Nguyễn Văn Thiệu, Nguyễn Cao Kỳ o Trần Thiện Khiêm), llegaron a conformar una macroestructura criminal, que convirtió a la región en una de las mayores productoras de opio y heroína de la época. El éxito de esta empresa fue total y para finales de los años 60, las tropas estadounidenses en Vietnam tenían un acceso tan fácil y barato a la heroína que se produjo una epidemia de drogadicción entre los soldados. La degradación de la moral y la corrupción fue tal que incluso un grupo de criminales logró enviar heroína desde Vietnam del Sur a Estados Unidos en los ataúdes de los soldados muertos en combate. Tras el fin del conflicto, nunca se abrió juicio contra los grandes beneficiarios del narcotráfico en la contienda, aunque investigaciones tan lúcidas como la de Alfred McCoy ya habían revelado sus nombres y acciones. El líder paramilitar laosiano Vang Pao, uno de los mayores beneficiados por el tráfico de drogas durante la guerra, se exilió en California durante los años 70, donde residió hasta su muerte en 2011. Nunca fue juzgado por su pasado como narcotraficante.

La revolución cubana de 1959 provocó también una importante sacudida en el mundo criminal estadounidense, ya que la isla caribeña se había convertido en refugio y plataforma logística para las actividades de Cosa Nostra estadounidense durante la dictadura de Batista. Tras la caída del dictador, importantes figuras de la mafia como Santo Trafficante Jr se asentaron en Florida, donde continuaron con sus actividades, al tiempo que se convertían en piezas clave de la lucha contra el régimen de Fidel Castro. Trafficante Jr estuvo involucrado en varios planes organizados por la CIA para asesinar al líder cubano, y logró mantenerse en libertad hasta su fallecimiento en 1987. En el ínterin, fue señalado como uno de los autores intelectuales del asesinato de Kennedy, y como participe en acuerdos de narcotráfico en Vietnam y Costa Rica. Su organización fue el paraguas en el que miembros de Cosa Nostra y cubanos anticastristas con vínculos criminales comenzaron a llevar una droga hasta entonces relativamente desconocida en Estados Unidos, pero muy popular en la Cuba de Batista: la cocaína.

Ya en los años 70, con un consumo de cocaína al alza en Estados Unidos, se produjo un aumento drástico del cultivo de coca y producción de cocaína en Sudamérica. Este crecimiento fue liderado por Bolivia, gobernada por el firme aliado estadounidense Hugo Banzer, que llegó al poder tras un golpe de estado en 1971 financiado por narcotraficantes como Roberto Suarez. Durante la dictadura de Banzer, según Los Angeles Times, la participación de los militares en el negocio de la droga pasó de consistir en “sobornos aislados a convertirse en beneficios multimillonarios”. Estados Unidos no tuvo queja alguna contra el dictador boliviano, firme en la lucha contra el comunismo. A principios de los 80, se produjo un nuevo golpe de estado en Bolivia, financiado por los narcotraficantes y conocido como “golpe de la cocaína”. Según Michael Levine, agente de la DEA responsable de Bolivia durante los 70, meses antes de la narco-asonada, avisó personalmente a sus superiores de la inminencia de un cambio de gobierno que llevaría a los narcotraficantes al poder en el país andino. Según Levine, tras informar sobre estos hechos fue inmediatamente trasladado a Estados Unidos, donde se le abrió un procedimiento disciplinario que acabó arruinando su carrera como agente antinarcóticos. El golpe sirvió para frenar la llegada de la izquierda al gobierno boliviano. En su libro “La Guerra Falsa”, Levine narra muchos otros detalles del caso, que deja en muy mal lugar al trabajo de la DEA.

 Similares situaciones se dieron en el Paraguay de Stroessner, que convirtió su país en un punto de tránsito de heroína, de la mano de militares y policías del régimen, al tiempo que se convertía en referente anticomunista a nivel mundial de la mano de su socio, Estados Unidos. En Jamaica, la violencia política contra la izquierda gobernante a finales de los 70, fue financiada por el dinero de la droga, sumiendo al país en una violencia endémica que sigue afectando a la isla caribeña en nuestros días. Aunque diversos informes apuntan a que esta violencia fue ejercida por grupos criminales como la Shower Posse en favor de la derecha jamaicana, Estados Unidos nunca cuestionó al líder derechista jamaicano Edward Seaga. A pesar de que estas bandas jamaicanas fueran responsables de traficar una parte importante de las drogas que entraban a Estados Unidos durante la época.

Ya en los 80, con la Guerra Fría desbocada en Centroamérica, Estados Unidos vivió sus contradicciones más profundas. La operación ilegal que el gobierno de Ronald Regan lanzó para financiar a la contra nicaragüense, acabó convirtiéndose en una oportunidad de oro para narcotraficantes de todo el hemisferio occidental, que pasaron de simples delincuentes, a integrarse en mayor o menor medida en el esfuerzo bélico estadounidense contra los sandinistas. Tal y como reveló la comisión de investigación sobre el Irán Contra dirigida por John Kerry, el gobierno estadounidense entregó cientos de miles de dólares a varios narcotraficantes, como el hondureño Juan Ramon Matta, para que usasen sus flotas de aviones para transportar armas a la contra nicaragüense (disfrazada de ayuda humanitaria). Esta decisión se tomó a pesar de que había constancia del historial delictivo de hombres como Matta, Michael Palmer o Floyd Carlton y que se contaba con información que certificaba que los aviones utilizados para transportar armamento a los contras eran también usados para llevar drogas a los Estados Unidos. Otro caso fue el de Barry Seal, un narcotraficante estadounidense al que se permitió continuar su actividad a cambio de servir como piloto para el suministro de armas a la contra. Según diversos reportes, Seal transportó drogas desde Centroamérica y Colombia hasta Mena, Arkansas, sin ser perseguido por ello. Por lo demás, Seal fue utilizado como topo en el Cártel de Medellín, y participó en un montaje con el que Oliver North pretendió vincular al gobierno sandinista con Pablo Escobar. Para ello, Seal realizó unas fotografías con una cámara oculta en su avión, en las que se ve descargar drogas de la aeronave a Pablo Escobar, junto con el que se presentó como un supuesto alto cargo sandinista, Federico Vaugh. Por la publicación de las mencionadas fotos, Seal fue asesinado en Estados Unidos a manos de sicarios del Cártel de Medellín. Por lo demás, una comisión de investigación del Congreso estadounidense calificó toda la operación, así como las acusaciones contra los sandinistas, de un engaño urdido por Oliver North, y se estableció que en realidad Federico Vaughn era un agente estadounidense. Las narco-conexiones no terminaron ahí. Según denunció el agente de la DEA Celerino Castillo III, un hangar utilizado por la CIA en el aeropuerto de Ilopango (San Salvador) para operaciones logísticas de la contra, dirigido por el agente cubano americano Félix Rodríguez, fue un espacio seguro utilizado por traficantes de drogas para sus operaciones. Según el agente de la DEA, cuando trató de investigar el caso se encontró con un “muro de resistencia” institucional.

El mismo Félix Rodríguez fue posteriormente acusado de haber participado en la sesión de tortura que precedió al asesinato del agente de la DEA en México Kiki Camarena. La versión oficial de esta muerte de Camarena es que se debió a que el agente había afectado los intereses del narcotraficante Rafael Caro Quintero. Sin embargo, Héctor Berrellez, agente de la DEA encargado de investigar su asesinato, ha señalado en múltiples ocasiones que la verdadera razón del crimen contra Camarena fue que descubrió la implicación de destacados miembros del Cártel de Guadalajara (el predecesor del Cártel de Sinaloa) en la financiación y entrenamiento de la Contra nicaragüense. Berrellez también afirma que Félix Rodríguez fue el responsable de la tortura y asesinato del agente de la DEA. Por lo demás, Ramon Milian Rodríguez, un cubano considerado como el contable del Cártel de Medellín, declaró haber entregado 10 millones de dólares de los narcos colombianos al propio Félix Rodríguez para financiar a la contra. El omnipresente Félix Rodríguez también tuvo un papel en la gestión de ARDE, el frente sur de la contra, desplegado en Costa Rica, y que fue manejado directamente por el agente de la CIA tras expulsar al nicaragüense Edén Pastora del control de la milicia paramilitar. Pues bien, cuando Rodríguez tomó el control de ARDE puso a su cabeza a un conocido terrorista y narcotraficante anticastrista: Frank Castro, quien según la propia CIA montó un narco-laboratorio en Costa Rica. Al mismo tiempo, en California, los activistas antisandinistas Norwin Meneses y Danilo Blandón actuaron con amplia impunidad, inundando Los Ángeles de crack, al asociarse con el traficante local “Freeway” Rick Ross, y colaborando a extender la epidemia de consumo de esta droga. Por los delitos cometidos, Meneses nunca fue condenado y Blandón pasó muy poco tiempo en prisión, al colaborar con la justicia para apresar a Rick Ross, el último en la cadena de suministro de la droga y sin conexiones políticas. Cuando el periodista Gary Webb sacó a la luz este caso, la congresista demócrata Maxine Waters exigió responsabilidades a la CIA por la ola de muerte y violencia que generó la llegada del crack a South Central Los Ángeles. La CIA elaboró un informe en el que reconoció trabajar con numerosos criminales, aunque negó la existencia de un plan del gobierno de Estados Unidos para introducir drogas en el país o destruir las comunidades afroamericanas.

Mientras, en Honduras, varios militares cercanos al gobierno estadounidense como Leónidas Torres Arias, trabajaban al mismo tiempo para el narcotraficante Juan Ramón Matta. Tal vez el caso mas paradigmático del apoyo que Estados Unidos dio a los narco-militares de Honduras es el de José Bueso Rosa. Este hombre fue acusado de participar en un complot de 1984 para asesinar al presidente hondureño Roberto Suazo Córdova, con dinero proveniente del trafico de cocaína. Aunque inicialmente fue condenado a varios años de cárcel, Bueso Rosa salió de prisión en menos de 3 años, tras las presiones realizadas por Oliver North, que consideraba que el militar hondureño podría llegar a hacer revelaciones explosivas sobre el Irán-Contra.

El caso del embajador de Estados Unidos en Colombia, Lewis Tambs, también sirve para comprender las verdaderas motivaciones de la guerra contra las drogas. Como Embajador en Colombia, Tambs empujó con fuerza al estado colombiano a enfrentar a los narcotraficantes, y llegó a acuñar el termino “narcoterrorismo”, para tratar de establecer un vínculo entre las FARC y el mega-laboratorio de drogas del Cártel de Medellín denominado “Tranquilandia”. Sin embargo, tras su salida del país andino fue destinado como Embajador en Costa Rica, donde fue declarado persona non grata, y debió salir del país acusado de favorecer las actividades del narcotráfico en Centroamérica y en relación al Irán Contra.

Ya en el siglo XXI, la política antidrogas de la primera potencia mundial siguió siendo profundamente contradictoria. El Plan Colombia, un proyecto de ayuda militar masiva, que fue acompañado de la creación de numerosas bases militares norteamericanas en este país, ha sido presentado como un rotundo éxito en la política de interdicción de drogas estadounidense. Esto a pesar de que, a su cierre en 2016, la producción de cocaína en el país había crecido, pasando de 622 toneladas métricas en 2000, a 772 toneladas el año en el que este programa concluyo formalmente. En lo que si tuvo éxito el Plan Colombia fue en acorralar a la guerrilla de las FARC, a la que Estados Unidos responsabilizaba del narcotráfico en el país andino. La ejecución del plan también sirvió para fortalecer al paramilitarismo colombiano, organizado alrededor de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC). Este grupo, que tuvo un papel fundamental en la lucha contra las FARC, estuvo constituido por terratenientes y narcotraficantes, y logró incrustarse con fuerza en el sistema político colombiano durante la aplicación del Plan Colombia, generando graves problemas a la gobernanza del país. El concepto de parapolítica saltó a la actualidad social en Colombia cuando se descubrió que los narco-paramilitares habían conseguido infiltrarse en varios partidos políticos, controlando alcaldías, diputaciones y gobernaciones por todo el país.  Durante la aplicación del Plan Colombia, los narco-paramilitares de las AUC trabajaban mano a mano con el ejercito colombiano, con quien compartían inteligencia y objetivos militares. La ayuda estadounidense fue clave para lograr que este grupo irregular hiciese retroceder a las FARC con tanto éxito. Una vez más, el tráfico de drogas se estimó como un objetivo secundario.

Los casos referidos en este articulo son solo algunos de numerosos ejemplos de las profundas contradicciones de la guerra contra las drogas. En realidad, qué podía esperarse de una política lanzada por una figura como Richard Nixon, un político corrupto y mentiroso, con documentados vínculos con el crimen organizado. La DEA, una creación de Nixon, estuvo desde su origen rodeada de polémica. De hecho, John Bartels, su primer director, tuvo que renunciar al poco de tomar el cargo, tras ser acusado de frenar investigaciones sobre corrupción dentro de la agencia. Con estos antecedentes, no es de extrañar que pasase casi inadvertida la noticia de que Nicholas Palmeri, jefe de la DEA en México, renunció recientemente a su cargo, tras conocerse que se reunía con los abogados de los grandes narcotraficantes latinoamericanos en los Cayos de Florida. El propio congreso estadounidense ha puesto en duda la transparencia con la que la DEA maneja fondos del gobierno federal, que utiliza sin rendir las cuentas legalmente previstas para oscuras operaciones de lavado de activos que supuestamente sirven en la lucha contra el narcotráfico. En años recientes, en México se ha puesto en duda la idoneidad de las decisiones de esta agencia, tras lamentables sucesos como la masacre de Allende, que provocó cientos de muertos para conseguir que la DEA localizase a un líder del cartel de los Zetas. Sin duda, la lucha contra los narcóticos sigue siendo una importante herramienta para presionar a gobiernos extranjeros, y en los últimos años se ha podido constatar como la agencia realiza investigaciones prospectivas contra lideres incomodos como Andrés Manuel López Obrador, para tratar de desacreditarlos y eliminarlos del mapa político.

Desde su lanzamiento, la guerra contra las drogas ha sido una política contraproducente, que ha asolado a decenas de países como Colombia, México, Honduras o Afganistán. En estos y otros lugares, un narcotráfico cada vez más empoderado y violento ha provocado cientos de miles de muertos, ha alimentado guerras y ha causado una descomposición política y social que no permite el avance de una agenda de justicia social, democracia y derechos humanos. Por tratarse de una política altamente instrumentalizada por su principal valedor, Estados Unidos, ha sido además un foco de inestabilidad, y una de las causas del aumento del militarismo y la escalada armamentística en el mundo. No sorprende pues, que una política como la guerra contra las drogas esté siendo instrumentalizada por Trump para derrumbar el orden internacional vigente desde el fin de la II Guerra Mundial. La principal diferencia entre Trump y sus predecesores es el desparpajo, grosería y actitud provocadora con la que el presidente avanza sus propios intereses, aunque los medios sigan siendo los mismos a los que Estados Unidos nos ha tenido acostumbrados durante décadas. ¿Hasta cuando el mundo se plegará a esta política criminal, inhumana y autodestructiva?

 

lunes, 16 de mayo de 2022

Rene Amador: “Nuestro vino es amargo, pero es nuestro vino”

Por Javier San Vicente Maeztu

Publicado originalmente en Criterio.hn 



Una nueva Honduras está naciendo, se trata de la Honduras de la Alianza, la del gobierno de Xiomara Castro. De este nuevo estado hondureño se esperan muchas cosas: más democracia, menos corrupción, más participación de las clases populares y un mayor respeto a los derechos humanos. Desde el golpe de estado del 28 de junio de 2009, Honduras vivió un auténtico descenso a los infiernos, del que ahora se espera salir. El nuevo gobierno está trabajando rápido para avanzar en una agenda consensuada que permita poner las bases de una nueva nación. Y uno de los pasos más importantes ha sido garantizar el retorno de quienes tuvieron que huir del país como consecuencia de la represión de la narcodictadura. René Amador es una de esas personas que, muy a su pesar, tuvieron que abandonar Honduras y a todo lo que amaban durante más de una década, debido a las amenazas que pesaban sobre su cabeza. La recientemente aprobada amnistía política, le ha permitido regresar a su país y hoy nos concede esta entrevista para narrar su historia. Lo primero René, que alegría saber que estás de vuelta en Honduras. ¿Cuándo regresaste? ¿Cómo te sientes ahora?

Regresé hace unos días, el 27 de abril, tras más de doce años de exilio. La verdad, me siento muy feliz. Como dice mi gente, “nuestro vino es amargo, pero es nuestro vino”. Honduras me ha recibido con alegría, y me siento abrumado por la cantidad de personas que me abordan, y hasta siento pena por no reconocer a algunas después de tanto tiempo fuera.

Además, me siento fortalecido y apoyado por las nuevas autoridades, que me están dando seguridad en estos primeros días, y estoy deseoso de integrarme al trabajo de reconstrucción de este país que está en las cenizas, en bancarrota. Está claro que es necesaria una ingeniería total que acabe con el clientelismo político, y con esa superestructura gubernamental corrupta e insostenible

¿Quién era el René anterior al exilio?

Toda mi vida la dediqué a formar parte de las luchas sociales de Honduras, era un luchador anónimo más en Honduras. Ahora me he convertido en un personaje conocido y todo es diferente.

Crecí en un hogar politizado. Mi padre, José Manuel Amador Padilla, fue vicepresidente del Sindicato de Trabajadores el Instituto Nacional de Formación Profesional (SITRAINFOP) a finales de los años 70 y principios de los años 80, en los años de plomo en Centroamérica. Existía una fuerte persecución política contra la izquierda y él estaba vinculado al Partido Comunista de Honduras. De hecho, formaba parte de una célula clandestina dirigida por Pedro Brizuela, y como sindicalista se dedicaba a realizar acciones móviles de formación profesional en ebanistería en territorios de El Salvador. Incluso trabajó para la OEA en el Bolsón de Zazalapa, que en aquellos años era un territorio en disputa entre Honduras y El Salvador, y en el que existía una fuerte actividad y base social de la guerrilla del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN). Su rol fue evitar que las Fuerzas Armadas de ambos países que persiguieran a la población. Posteriormente, el abandonó el Partido Comunista y se integró en el Partido Liberal de Honduras, bajo el movimiento M-Líder, de Carlos Roberto y Jorge Arturo Reina.

Con este bagaje familiar comencé a involucrarme en la lucha social y sindical. Durante once años fui instructor de formación profesional en el INFOP, y fue ahí donde me vinculé con el SITRAINFOP. De este sindicato llegué a ser secretario y parte de su Junta Directiva central. También formé parte del Bloque Popular y de la Confederación Unitaria de Trabajadores de Honduras (CUTH).

En los últimos años, estuve vinculado a la Organización Política “Los Necios”, con gente como Gerardo Torres y Gilberto Ríos. Ahí trabajé durante seis años en temas de formación de conciencia política e ideológica. Durante el gobierno de Manuel Zelaya, nos acercamos al recién creado Poder Ciudadano, e incluso llegué a participar como actor en varios anuncios promoviendo la Cuarta Urna. Creo que la visibilidad que me dio estos comerciales me convirtió en objetivo de la oligarquía, ya que desde siempre consideraron este proyecto como una de las mayores amenazas a su hegemonía.

¿Por qué tuviste que marcharte?

Pues como te digo, ya antes del golpe era una figura visible vinculada al Poder Ciudadano. Tras el 28 de junio realizaba tareas de organización para La Resistencia, y formé parte de los muchos jóvenes hondureños que protestaban en las calles contra la dictadura.

Lo que desencadenó mi salida fue un tema complicado. Se trató de una estrategia del régimen para criminalizar a figuras visibles de la resistencia. Seguro que recuerdas el concierto que se organizó en 2009 contra la dictadura, “Voces contra el Golpe”. Aquello lo dirigía Karla Lara y otra gente, a mi hermano Guillermo y a mí nos encargaron trabajar en la seguridad de ese evento, ya que en las marchas había muchos policías y militares infiltrados. En ese marco recibimos a varias personas que venían del extranjero a darnos su apoyo solidario, precisamente en temas de seguridad.

Uno de estos personajes se acabaría revelando como un infiltrado. Robó el carro de mi compañera de aquel momento y lo dejó frente a una institución del estado con documentación relacionada a La Resistencia, y con una bomba dentro, que no llegó a estallar. Se trató de un montaje para criminalizar a la resistencia contra el golpe, a mí y a otra gente.

¿Qué te ha permitido volver ahora?

Existía un expediente contra mí en del Ministerio Público que me había impedido volver. La aprobación del decreto de Amnistía por el Gobierno de Doña Xiomara Castro ha sido clave para que pudiera volver. Lo peor es que actualmente ese expediente parece haber “desaparecido”, pueden tenerlo escondido por ahí todavía, pero estoy tranquilo con la cobertura que me da el decreto de amnistía.

Cuéntanos sobre tu periplo en el exilio

Bueno, pues es una historia larga de contar y llena de sobresaltos.  Salí de Honduras 3 meses después del golpe, tras el falso atentado. Tras aquello tuve que escapar clandestinamente a El Salvador, donde estuve protegido por el FMLN. Tras 25 días oculto salí rumbo a España.

Nada más llegar a Europa, al aterrizar en el aeropuerto de Ámsterdam, casi fui deportado. La policía fronteriza no quería dejarme entrar y aunque trataba de justificar las razones de mi llegada, no me entendían ya que no hablaban español. Recuerdo que tuve que llamarte a ti, Javi, para que pudieses aclarar la situación. Tras eso pude tomar el siguiente vuelo a Madrid y llegué a España.

Allí fui recibido por compañeros involucrados en organizaciones de solidaridad con Cuba. Inicialmente estuve viviendo en la sede de una asociación de amistad con Cuba en Valencia. Rápidamente me trasladé a vivir a un Centro Social Okupado en la ciudad de Manresa, en Cataluña. Allí entré en contacto con el movimiento anarquista, de autogestión, del que recibí mucho apoyo y al que guardo mucho cariño. Fueron meses de mucho movimiento. Estuve en Berlín, donde mi solicitud de asilo fue rechazada. Posteriormente regresé a Madrid y con el apoyo del diputado guatemalteco de la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG) Osmundo Ponce, y de la organización española Comisión española de ayuda al refugiado (CEAR), tramité una nueva solicitud de asilo político, y esta vez la solicitud sí fue aceptada. Por aquella época residí en el Hostal Welcome (para refugiados) en Vallecas, Madrid. Posteriormente pasé por otro centro para refugiados en Madrid, donde estuve seis meses viviendo. En aquellos meses pude viajar a varios países europeos con Katia Lara, en el marco de la presentación del documental “Quien dijo miedo”. Estuve en alrededor de dieciséis países.

Mientras vivía en el centro de refugiados viví una situación muy tensa. Un día apareció por el lugar un sujeto que afirmaba ser exmilitar hondureño y vinculado a la Cuarta Urna. Me estuvo rondando, proponiéndome realizar acciones de carácter terrorista en España, sin lugar a duda buscando lograr mi deportación a Honduras. Tras comunicarme con los compañeros de Honduras, logramos determinar que esta persona había estado al servicio del Clan Facussé. Ante esta situación busqué la ayuda del sindicato anarquista español, la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), y gracias a una de sus abogadas lograron sacarme de aquel centro de refugiados en un par de días.

Tras esto pasé 3 meses durmiendo en un despacho de abogados de izquierda en Madrid, con el apoyo de la abogada Amalia Barbero Núñez. Ante lo insostenible de esa situación, decidí volver al Centro Social Okupado de Manresa. En esa época participé en muchas acciones solidarias con Honduras, e incluso estuve con Berta Cáceres, que visitó el Congreso de los Diputados de España para hablar de la represión contra los pueblos indígenas en Honduras. Me sentí muy arropado por el movimiento anarquista catalán, y también por los independentistas catalanes de izquierda, sobre todo los de las Candidatura de Unitat Popular (CUP).

Aunque mi activismo político fue fuerte en esa época, mi sostenimiento económico siempre fue complicado. España pasaba por una terrible crisis económica y decidí regresar a Madrid para buscar trabajo. Por esa época trabajé de forma intermitente en bares e incluso jalando bultos en Mercamadrid, por un salario de 10 euros la hora, que da para muy poco allí.

Fue por aquella época, en el 2011, cuando recibí una llamada de Manuel Zelaya: era la hora de regresar a Honduras y fundar un partido político en el marco de los acuerdos de Cartagena. Regresé ilusionado a Honduras, pero en una semana ya había recibido dos avisos de persecución y hostigamiento en casa de mi hermana. En unos pocos días decidí salir del país, acompañado por Gerardo Torres.

Tras volver a España acabé en un pequeño pueblo de Segovia, llamado Riaza. Esta zona se conoce como la “España vaciada”, allí no hay trabajo y los jóvenes huyen hacia las ciudades. En aquello momento compartía mi casa con mi pareja de aquel entonces, y me dedicaba a tareas del mundo rural y a pequeños trabajos de tapicería. En ese pequeño pueblo pasé siete años de mi vida. De aquella época me queda de recuerdo mis conversaciones políticas con muchos amigos de origen marroquí que vivían en el pueblo, y con los que discutía sobre el Sahara Occidental.

La desesperación por el aislamiento que vivía me llevó a tratar de empezar una nueva vida en Buenos Aires, Argentina, donde está exiliado mi hermano Guillermo. Fui para allí, pero las dificultades económicas en Sudamérica me obligaron a regresar a Riaza. En los siguientes años subsistí gracias a las ayudas de los servicios sociales españoles, que me daban 430 euros al mes, con los que me las arreglé para sobrevivir, ya que siempre fue muy complicado conseguir un trabajo, y más en un lugar como Riaza.

Y bueno, hace dos años por cosas de la vida conocí a una luchadora social estadounidense, de origen mexicano, muy involucrada en el apoyo a las caravanas migrantes de centroamericanos. Una artista y profesora que daba soporte a los niños en las caravanas, y con la que comencé una relación. Para juntarme con ella (vive en Nuevo México) viajé a Ciudad Juárez, y traté de ingresar a USA con mi pasaporte de refugiado, pero se me negó la entrada. Así que me tocó pasar a los Estados Unidos como mojado, en una caminata de más de siete días en territorio del narco. Me tocó vincularme a un pollero al que tuve que pagar, y logré librarme de ser capturado por la migra, que sí se llevó a la mayor parte del grupo con el que crucé. Mi objetivo era poder ver a mis hijos, que viven en Arizona, a quienes llevaba muchos años sin ver. El abrazo con ellos fue uno de los mejores momentos de mi vida. Tras esto pude vivir por un año en Nuevo México, hasta que recibí la llamada de doña Xiomara Castro, que me pidió regresar a Honduras en el marco de la recién concedida Amnistía.

Vaya aventura René, debes estar agotado. ¿Cuál fue el momento más duro?

Fueron dos principalmente: la muerte de mi padre y la muerte de uno de mis hermanos. En ambos momentos sentí un dolor inmenso por no poder acompañar a mi familia ni estar en los funerales.

¿Y el mejor momento?

Claramente fue el reencuentro con mis hijos.

¿Cuándo deseaste más volver más a Honduras?

En 2017, cuando la dictadura arreciaba en lo más duro de la crisis tras el fraude electoral. Sentía una profunda rabia, no se miraba nada bueno en el horizonte y la responsabilidad de la Embajada y Heidi Fulton era clara. Pensé en volver clandestino para integrarme a los movimientos de lucha en el Bajo Aguán, pero me convencieron los compañeros de que era una mala idea, ya que allí se encontraban cercados y en una posición débil. En aquel momento pensaba que la dictadura podría durar 10 años más y sentía una gran angustia y desesperación.

¿Cómo fue tu experiencia en España? ¿Viviste racismo?

Nunca viví racismo de forma explícita, pero sí el racismo velado que puedes sentir en el metro, en zonas de clase media alta en las que te quedan viendo como si fueras un criminal por tener otro color de piel. Me reía bastante de las señoras encopetadas que se alejaban de mi agarrándose la cartera. Siempre tienen esa actitud con los migrantes, creyendo que son todos son ladrones. Yo me reía y les decía que el verdadero ladrón era su presidente, Mariano Rajoy.

¿Conociste a hondureños en España? ¿Qué le dirías a los hondureños que planean migrar a España y Estados Unidos?

Conocí a muchos en Riaza. Trabajaban en empleos duros que no quiere nadie: cuidadores de ancianos, niños, cocineros, trabajo agrícola. Su situación siempre era difícil, con muchas dificultades para tener papeles.

A los que quieren migrar les diría que las condiciones de trabajo en España, sobre todo en Andalucía, son bastante esclavizantes. Que lo que se ofrece en Honduras luego no se cumple. Que si deciden venir que traten de no quedar atrapados en esos trabajos de semi-esclavitud, y que se preparen para una situación muy dura.

¿Conoces historias de otros exiliados?, ¿puedes contarnos algo?

Sí, especialmente recuerdo a Angelina Aguilar, compañera del Bajo Aguán, que se tuvo que ir al exilio tras ser macheteada. También quiero mandarle un saludo al periodista Geovanny Sierra, que trabajaba en UNE TV, que actualmente está en Barcelona y necesita apoyo urgente.

¿Cómo te ha cambiado el exilio?

Crecí para ver y entender todos los movimientos políticos de izquierda, entender las debilidades que como luchadores tenemos. Mi incorporación al movimiento social del 15M fue crucial y me permitió reflexionar sobre algunos errores de la izquierda partidista. Por lo demás, ahora conozco experiencias de autogestión, incluyendo trabajo en agricultura orgánica y soberanía alimentaria.

Para terminar René, ¿Qué le quieres decir al pueblo hondureño?

Que el proceso de reconstrucción en el que está inmersa Honduras requiere de infinita paciencia. La destrucción generada por la dictadura fue total y hay que mantenerse unidos. Hay una hambruna en el territorio y es necesario incorporar a todos los sectores sociales, incluyendo a la juventud, para combatir esta situación.

sábado, 22 de enero de 2022

La "Contra Cachureca" desestabiliza Honduras

Publicado originalmente en Criterio.hn

El pasado 28 de noviembre de 2021, el pueblo hondureño acudió masivamente a las urnas para dar la presidencia de la República a Xiomara Castro, que ganó las elecciones con más de 10 puntos de ventaja sobre su principal contrincante, Nasry Asfura del Partido Nacional. La victoria de Castro fue el fruto de una alianza histórica formalizada antes de las elecciones a través del conocido como “Pacto del Bicentenario”, firmado entre amplios sectores opositores, entre los que se incluyen el izquierdista Partido Libertad y Refundación (al que pertenece Castro), al Partido Salvador de Honduras (dirigido por el ex presidenciable Salvador Nasralla), el Partido Unidad e Innovación Democrática, y sectores del Partido Liberal vinculados al excandidato presidencial Luis Zelaya, entre otros. Uno de los principales acuerdos políticos incluidos en el Pacto Bicentenario fue la promesa de nombrar Presidente del Congreso Nacional al diputado Luis Redondo, del Partido Salvador de Honduras

La alianza formada buscó vencer a través de las urnas a un Partido Nacional que había caído en el descrédito total tras las elecciones de 2017. En ellas, Juan Orlando Hernandez se reeligió de forma inconstitucional y mediante un fraude electoral masivo. El expresidente, su hermano, y otros políticos de su círculo cercano han sido señalados, encausados y encarcelados por su participación directa en el tráfico de cocaína; y han sido acusados de ser responsables de numerosas violaciones a los derechos humanos. La fortaleza del pacto del bicentenario hizo que la maquinaria corrupta nacionalista no pudiera evitar perder la presidencia de la República. Sin embargo, a través de una estrategia bien calculada, el Partido Nacional logró, como en anteriores comicios, abultar notablemente sus resultados en el Congreso Nacional, donde obtuvo 43 diputados de 128 (frente a 50 del partido de la Presidenta electa).

Hasta la primera quincena de enero todo parecía ir por buen camino, aunque causaba cierta inquietud observar como el gobernante Partido Nacional parecía estar dispuesto a hacer una entrega pacífica del poder. Sin embargo, a una semana de la toma de posesión de la nueva presidenta, se ha producido una crisis de altas dimensiones al interior de LIBRE. El 20 de enero de 2022, la Presidenta Xiomara Castro convocó a una reunión a las y los Diputados electos de su partido, para acordar el proceso de nombramiento de Luis Redondo como Presidente del Congreso. Sin embargo, a esta cita faltaron 20 de los 50 diputados obtenidos por la formación. Ese mismo día, los diputados disidentes, capitaneados por Jorge Cálix y Beatriz Valle, se reunieron con diputados del Partido Nacional para tratar de lograr que, con la ayuda de los cachurecos, se elija Presidente del Congreso al propio Jorge Cálix. Esta situación generó una fuerte repulsa por parte de la presidenta Castro, de los principales lideres del Pacto del Bicentenario y de las bases sociales de sus movimientos. La crisis está servida.

Una vez más, se hace evidente que Juan Orlando Hernández y sus secuaces no tiene intención de respetar la voluntad democrática del pueblo hondureño, y que para ello está dispuestos a recurrir a las técnicas habituales, como la compra de diputados (como dijo Samuel Zemurray, en Honduras una mula vale más que un diputado). Antecedentes de este tipo de actuaciones sobran. Las más sonada fue la compra de un cuarto de los diputados de la bancada de LIBRE y de un tercio de la bancada del PAC durante el nombramiento de las nuevas autoridades de la Corte Suprema de Justicia en 2015. La entrega de dádivas y fondos autorizados por la Presidencia de la República a diputados del Congreso Nacional a cambio de favores, prebendas y contratos ha sido una constante durante los últimos años, lo cual ha supuesto un grave deterioro de la vida parlamentaria. La última bicoca ofrecida por los cachurecos fue la aprobación la semana pasada de salarios y beneficios a todos los diputados suplentes, gesto que podría tener algo que ver con la crisis actual.

En este contexto, se puede calificar al grupo de diputados disidente de LIBRE como una auténtica fuerza contrarrevolucionaria, dirigida a torpedear la transición del país hacia un régimen democrático, después de 12 años de un narco régimen autoritario, corrupto y represor. La “contra cachureca” acaba de ver la luz. Si se suman los 20 diputados disidentes a la bancada del Partido Nacional, suman en total 63 diputados, por lo que tan solo con pactar con un puñado de diputados liberales o de otros partidos pequeños, el Partido Nacional controlaría el poder legislativo, disminuyendo drásticamente las posibilidades de actuar al nuevo gobierno.

Para comprender mejor este conflicto, es importante analizar quienes son los principales actores involucrados y que es lo que está en juego.

¿Quién es Luis Redondo?

Luis Redonde es un diputado originario del Departamento de Cortés, que en los últimos años se ha destacado por realizar una labor constante de lucha contra la corrupción y arbitrariedad dentro del Congreso Nacional. Entre sus acciones más visibles se cuentan la elaboración de un informe detallando uno de los episodios más lamentables ocurrido en el poder legislativo en la última década: la llamada “diarrea legislativa”, ocurrida en 2014. En dicho informe, en cuya elaboración también participo su ahora rival Jorge Calix, se dio a conocer que el Congreso Nacional aprobó 67 decretos y 100 proyectos energéticos en una sola sesión y con los votos favorables de nacionalistas y liberales. En muchos casos las concesiones aprobadas favorecieron a los propios diputados.

Así, el papel que podría tener Luis Redondo como Presidente del Congreso Naciones podría sin duda suponer un cambio en el corrupto y arbitrario funcionamiento del poder legislativo, que con importantes restricciones para el acceso a fondos públicos por parte de los diputados. Esta posibilidad puede haber sido visto como una amenaza para algunos diputados, que esperaban beneficiarse de la piñata de fondos públicos que actualmente ocurre en el Congreso Nacional y podría explicar el éxito de la jugada de Jorge Calix, que ha sumado a algo menos de la mitad de los diputados de su partido a su causa.

¿Quién es Jorge Calix y quien lo acompaña?

Jorge Calix es un diputado de Francisco Morazán, hasta ahora vinculado al Partido Libertad y Refundación. Ha sido muy activo durante su desempeño parlamentario, participando en múltiples iniciativas contra el gobierno nacionalista, y utilizando con eficacia las redes sociales para posicionar sus mensajes. De clase acomodada, es histórico el rechazo que sienten por él buena parte de las bases de su partido. En las elecciones primarias del partido ha sido acusado repetidamente de fraude a sus propios compañeros.

A Cálix le acompaña la mujer que lo llevó al Congreso Nacional, Beatriz Valle, otra representante de la élite económica vinculada a Libre. También se le han unido diversas figuras menores del partido, entre las que destaca Yahve Sabillón, Diputado que en el pasado había dado apoyado iniciativas de la lucha contra la corrupción, pero que, al unirse a la “contra cachureca” de Calix, acaba de dejar en claro que forma parte del problema que decía combatir.

¿Por qué es tan importante la presidencia del Congreso Nacional?

La gran pregunta es por qué este grupo de diputados ha generado una crisis de esta magnitud, cuando las expectativas sociales y de su partido eran tan positivas. La respuesta se encuentra en el deficiente funcionamiento del poder legislativo, en el que su presidente goza de una autoridad faraónica y un alto nivel de discrecionalidad para permitir o bloquear la aprobación de leyes y contratos públicos. En este contexto, el presidente del Congreso puede actuar como un auténtico poder fáctico, por lo cual múltiples actores políticos y económicos buscan relacionarse con él. Las oportunidades de enriquecimiento y de crecimiento político son enormes. Además, el paso por la presidencia del legislativo es visto en el sistema político hondureño como un paso previo hacia la candidatura presidencial.

¿Qué va a ocurrir en los próximos meses?

Si la “contra cachureca” liderada por Calix logra consolidar sus pactos con el Partido Nacional y el Partido Liberal, la presidencia de Xiomara tendrá las manos atadas para realizar la renovación de instituciones clave como la Corte Suprema de Justicia, y no podrá llevar adelante las necesarias reformas dirigidas a desmontar la estructura de poder corrupta creada por el nacionalismo, ni revertir los procesos de concesionamiento del territorio hondureño a través de las ZEDES. El desgaste para el gobierno sería tremendo y supondría una oportunidad de oro para que las fuerzas oscuras que han gobernado Honduras desde el golpe de estado de 2009, se reorganicen para retomar el poder en 2026.

martes, 23 de noviembre de 2021

Honduras: ¿hacia el fin de la narcodictadura?

 Publicado en Criterio.hn 

El próximo domingo 28 de noviembre, Honduras se juega su futuro. Ese día, se celebran unas elecciones generales que pueden llevar a la apertura de una nueva fase histórica en la nación centroamericana o hundirla todavía más en el denso lodazal al que cayó tras el golpe de Estado de 2009. Doce años después de aquella vergonzosa asonada político militar, el país vive sumido en la pobreza, la corrupción y la violencia, y es gobernado por un grupo de narcotraficantes sanguinarios y políticamente ineptos.

El actual presidente, Juan Orlando Hernández, ha logrado aferrarse durante ocho años al poder, a pesar de que la reelección está expresamente prohibida en la constitución de Honduras, al fracaso político y social de sus gobiernos, así como a los señalamientos contra él y su entorno por estar involucrado en el narcotráfico. Ha sido por boca de los fiscales del Departamento de Justicia de Estados Unidos y de algunas de las principales figuras del narcotráfico en Honduras y la región, que se han hecho públicos en varios procesos judiciales en el vecino país del norte que el Partido Nacional, el Presidente Hernández, su hermano, varios ministros, decenas de diputados y jefes militares y policiales han participado de forma activa en el tráfico internacional de cocaína. También ha quedado evidenciado en esos juicios que el fuerte aumento de la violencia que se produjo con la llegada al poder de los nacionalistas en 2010, se debió a las luchas encarnizadas entre grupos de narcotraficantes, cuyo objetivo fue la consolidación del grupo criminal vinculado al gobierno. Por el camino fueron asesinados miles de hondureños, incluyendo figuras clave de la lucha contra el narcotráfico como Alfredo Landaverde, se produjo una de las mayores masacres carcelarias de la historia (359 muertos), el país llegó a tener la mayor tasa de homicidios del mundo y se produjeron varios estallidos sociales, incluyendo el desatado tras el ilegal y fraudulento proceso electoral de 2017, que provocó decenas de muertos en las calles. En aquella ocasión, se pudieron documentar contundentes pruebas de la realización de fraude electoral, certificadas entre otros actores por la Misión de Observaciones Electoral de la Organización de Estados Americanos, que llegó a solicitar que se repitiesen las elecciones.

Por lo demás, el fracaso del gobierno es notable. Honduras se sitúa en 2021 como el país más pobre de América Latina y el Caribe, con un 74% de la población bajo la línea de la pobreza. Las condiciones de vida en Honduras se han degradado de tal manera que la única opción para miles de personas es la huida en búsqueda de mejores condiciones de vida. El torrente migratorio ha sufrido tal aumento, que ha atraído en varias ocasiones el foco mediático internacional, primero con la crisis de los niños migrantes no acompañados de 2016, y después con las caravanas de migrantes a partir de 2018. Además, el país se ha visto azotado en el último año por los huracanes Eta e Iota, y por la pandemia del COVID 19. Frente a estas emergencias el gobierno ha seguido mostrándose como una maquinaria corrupta e insensible. Entre los desfalcos más recientes figuran la compra de varios hospitales móviles por más de 47 millones de dólares para atender a las víctimas del COVID 19, que han sido entregados con escandaloso retraso y que se han mostrado totalmente ineficientes, además de haber sido adquiridos a precios muy superiores a los de mercado. Este escándalo podría considerase el colofón de una larga trama de corrupción que han protagonizado los políticos nacionalistas dentro del sistema de salud desde su llegada al poder, y del que han drenado cientos de millones de dólares, habiendo incluso llegado a adquirir pastillas rellenas de harina haciéndolas pasar por medicamentos.

En estas próximas elecciones, existen fundados temores de que se vuelvan a producir graves irregularidades que puedan desembocar en una crisis política como la de 2017. El ambiente es de máxima polarización política y social. Las tumultuosas elecciones generales de 2017, supusieron la consolidación de la maquinaria clientelar del Presidente Hernández y el Partido Nacional. Esta maquinaria ha sido sin lugar a dudas engrasada y fortalecida durante los últimos cuatro años para tratar de revertir el aumento del caudal electoral de la oposición.

Sin embargo, no todo es favorable al partido del gobierno: la correlación de fuerzas es diferente de la de hace cuatro años. Por un lado, el Partido Nacional ya no cuenta con un líder con la fuerza aglutinadora y corruptora del actual presidente Hernández. Su candidato, Nasry Asfura, actual capital de Tegucigalpa, muestra un liderazgo débil y subordinado a Juan Orlando. Por otro lado, la oposición se presenta más unida y fortalecida que nunca. La principal candidata es Xiomara Castro, del izquierdista Partido Libertad y Refundación (esposa del ex presidente Manuel Zelaya, derrocado en el golpe de 20009). Xiomara se presenta en coalición con diversas fuerzas y figuras políticas, incluyendo al ex candidato presidencial Salvador Nasralla (virtual ganador de las elecciones de 2017), el pequeño partido socialdemócrata PINU-SD y la plataforma independiente liderada por el periodista Milton Benítez, que dirige un medio de comunicación en Internet convertido en fenómeno de masas en Honduras.

Además de lo anterior existe otro factor clave, que puede inclinar la balanza de una forma contundente en favor de Xiomara Castro: la actitud de los votantes del Partido Liberal. Y es que el tercer partido del país se encuentra fuertemente dividido, debido a que buena parte de los votantes urbanos y de clase media rechazan al candidato presidencial de su partido, el banquero Yani Rosenthal. Este sujeto acaba de ser liberado tras cumplir una condena de prisión por blanqueo de capitales para el narcotráfico en Estados Unidos. La repulsa de buena parte de las bases electorales hacia este candidato puede llevar a que acaben apoyando la candidatura de Xiomara, a pesar de no compartir buena parte de sus valores políticos. El hecho de que figuras de primer nivel del Partido Liberal, como el ex presidenciable Luis Zelaya o el alcalde Choluteca Quintín Soriano, estén mostrando su apoyo a la candidatura de Xiomara Castro para tratar de sacar a los nacionalistas del poder, puede inclinar la balanza electoral tan a favor de la candidata de LIBRE, que el gobierno no logre revertir los resultados de las urnas con su maquinaria corrupta.

Por supuesto, el gobierno da muestras de estar poniendo a punto esta maquinaria clientelar corrupta. En las últimas semanas se han aprobado fondos millonarios para diferentes programas sociales, que, como es habitual, serán utilizados para movilizar a la red de activistas del partido y acarrear y comprar el voto de cientos de miles de personas desesperadas. Pero desde el punto de vista técnico el gobierno no las tiene todas consigo. En los últimos cuatro años, y debido a la presión interna e internacional, se han producido varios cambios en el sistema de gestión electoral que sin duda servirán para restringir las posibilidades del fraude. Entre ellas está la elaboración de un nuevo censo electoral en 2021, del que se han eliminado 500,000 personas que habiendo fallecido todavía figuraban en el censo anterior (en 2017 se habló mucho de los muertos que salían de la tumba para ir a votar). También se ha limitado la entrega de credenciales electorales a los partidos más pequeños, conocidos como partidos de maletín, que generaron un obsceno tráfico de las mismas en las elecciones de 2017, cuando fueron utilizadas para manipular los resultados electorales en las mesas de votación mediante anulaciones masivas de votos de la oposición, alteración de actas y otras triquiñuelas. Por último, en esta ocasión el Partido Libertad y Refundación sí ha sido incluido en los organismos clave de la gestión de los comicios: el Consejo Nacional Electoral, el Registro Nacional de las Personas y el Tribunal de Justicia Electoral, con lo cual la posibilidad de que se produzcan irregularidades en el nivel central del proceso también se ven reducidas. Además, diversas encuestas dan una ventaja holgada a Xiomara Castro frente a Nasry Asfura, aunque existen temores de que pueda ocurrir algo que finalmente impida su llegada al poder. Como dato preocupante, a menos de dos semanas de la celebración de los comicios se ha producido un repunte de la violencia política, habiéndose contabilizado el asesinato de 6 personas vinculadas a la política en menos de 24 horas.

Esta situación política de excepcional degradación genera un escenario de gran riesgo e incertidumbre para Honduras. Romper con un sistema político altamente corrupto es una urgencia, ya que, si llegase a consolidarse la situación actual, Honduras podría verse abocada a un proceso de degradación todavía mayor y del que difícilmente lograría recuperarse en el medio o largo plazo. El ejemplo del que Honduras debe tomar nota es el de Haití, donde tras 20 años de golpes de estado, procesos electorales fraudulentos y desastres naturales, el Estado se ha convertido en una cáscara vacía que sólo sirve para canalizar fondos en manos de los que lo gestionan, y en el que el poder real es ejercido públicamente por milicias armadas de carácter mafioso que imponen su ley en las calles. Esta puede ser la última oportunidad para Honduras, en unos días sabremos hacia dónde va su destino.