viernes, 2 de agosto de 2019

Migración y violencia en Honduras

Publicado originalmente en Publico.es

El fenómeno migratorio es, sin lugar a dudas, una de las principales respuestas de la población hondureña a la severa crisis económica, social y de seguridad que vive el país. Son decenas de miles las personas que cada año deciden abandonar el país buscando mejores oportunidades de vida. Valga como referencia que solo entre enero y marzo de 2019 fueron 19,000 los hondureños retornados al país, la mayoría por vía terrestre y con rumbo hacia Estados Unidos. Durante décadas, el fenómeno estuvo asociado principalmente a las altas tasas de pobreza prevalentes en el país, a diferencia de sus vecinos inmediatos, que en los 80´s también experimentaron masivos flujos migratorios, pero como consecuencia de los conflictos armados que asolaron la región en esos años en el marco de los últimos estertores de Guerra Fría. Según Yolanda Gonzalez, investigadora de la organización ERIC-SJ “en Honduras se inició un ciclo migratorio en los 90, con una migración dirigida hacia Estados Unidos predominantemente por razones económicas, de hombres urbanos, y tenía su réplica interna en los desplazamientos del campo a la ciudad. Coincidía en el tiempo con la llegada de la industria maquiladora, y el fin de los tímidos intentos de reforma agraria en Honduras”.
Aunque no está claro en qué momento se cerró este ciclo, aunque es evidente que en la actualidad el fenómeno migratorio tiene características diferentes.  Según Gonzalez “fue la crisis desatada como consecuencia del golpe de Estado de 2009 la que marcó el inicio de un nuevo ciclo: a la crisis política la siguió la crisis económica, se vivió un aumento de la narcoactividad, de los niveles de violencia y un repunte del militarismo, que se produjo simultáneamente a un aumento de la corrupción y una agudización del modelo económico neoliberal-extractivista, asfixiante para la población”. Lo que caracteriza este nuevo ciclo es que rompe con el anterior paradigma del hombre migrante en busca de mejores condiciones económicas. La presencia de mujeres entre la población migrante es una realidad palpable en el ciclo actual. En muchas ocasiones como cabezas de familia y acompañadas de hijos y otras personas dependientes. Adicionalmente, existe una presencia cada vez más importante de menores de edad que viajan solos, tal como se puso en evidencia con la crisis de menores no acompañados de 2014, que desató las alarmas en Estados Unidos sobre un fenómeno que ya existía en la región. Pero lo que caracteriza de una manera más clara este nuevo ciclo es la gran cantidad de solicitantes de asilo que salen del país. Se trata de decenas de miles de hondureños que huyen de la violencia generalizada que existe en Honduras y cuyo número ha crecido exponencialmente desde 2013, hasta alcanzar los 74,213 solicitantes de asilo hondureños de 2017. Según la “encuesta sobre percepciones de la situación hondureña en 2018” realizada por ERIC-SJ, la violencia seria, en la opinión de los hondureños, la segunda causa de migración en el país, tras la falta de oportunidades económicas. Además, en la misma encuesta se consultó también a la población si tenía algún conocido, familiar o vecino que hubiera emigrado por esa razón, siendo la respuesta afirmativa para el 30,3%.
De esta forma, la violencia generalizada que se da en Honduras supone un importante motor del fenómeno migratorio, tanto a nivel internacional como a lo interno del país. Según el Consejo Noruego para Refugiados, en 2018 existían 190,000 personas desplazadas por violencia en Honduras. Entre las principales causas este fenómeno se encuentra las actividades de maras y pandillas, aunque existen otros motivos, y apuntar únicamente hacia estos actores puede invisibilizar parte de la realidad. Según Yolanda Gonzalez “existe la idea de que el actor principal que provoca desplazamientos humanos son las maras, por su relación con el fenómeno de la extorsión. Sin embargo, desde punto de vista de ERIC-SJ las maras no podrían provocar esta situación sin la connivencia y colaboración de otros actores”. Así, la acción del Estado resulta clave para entender el fenómeno de desplazamiento y violencia. En el caso hondureño las autoridades no tienen voluntad o no tienen capacidad de proteger. En ocasiones son cómplice de los grupos criminales y en muchas ocasiones el estado es el victimario (casos de autoridades en contubernio con maras, extorsionadores, narcotraficantes). Además, en no pocas ocasiones los casos de desplazamiento tienen que ver con conflictos no relacionados directamente con la criminalidad organizada, como los generados en defensa del medio ambiente y los recursos naturales, que normalmente enfrentan a empresas y pobladores y en los que el Estado ejecuta un papel de agresor.
El camino que tienen que hacer frente los migrantes hasta llegar a su destino en Estados Unidos es largo y peligroso. El viaje más común pasa por Guatemala hasta llegar a Chiapas, cruzando posteriormente de Norte a Sur el territorio mexicano. Durante el mismo los hondureños se ven criminalizados por las autoridades mexicanas, país que aplica fuertes restricciones a la movilidad de los centroamericanos como consecuencia de las presiones de Estados Unidos, redobladas desde la llegada de Trump a la presidencia, que ha logrado que Guatemala firme un acuerdo declarándose “tercer país seguro”, a efectos de poder absorber decenas de miles de deportados de territorio estadounidense, y que en la actualidad presiona a México para realizar una declaración similar. Pero si hay algo que causa temor entre los migrantes, es convertirse en victimas del crimen organizado, que ha encontrado un lucrativo negocio en el control de las redes de migración ilegal y en la explotación económica y sexual de los propios migrantes. En este sentido, el coyote sigue siendo un actor propio investigado, que actúa en un negocio (el de las redes clandestinas de migración) que ha sufrido importantes mutaciones en los últimos años. Estas redes, han pasado de tener una base local a integrarse como uno de los grandes negocios de los grandes grupos del crimen organizado. De esto forma, actores como los Zetas u otros carteles han logrado una mayor implantación y rentabilidad de sus actividades mediante la explotación del fenómeno migratorio. La consecuencia directa ha sido un aumento de la vulnerabilidad de las personas migrantes, que pueden ser agredidas, asesinadas, abusadas y explotadas sexualmente o incluso reclutadas para todo tipo de actividades del crimen organizado.
Por otro lado, las políticas estatales para afrontar los fenómenos de la criminalidad no parecen dar los resultados esperados. Entre estas cabe destacar la de la guerra a las drogas, bajo cuya acción la criminalidad organizada ha logrado un fortalecimiento sin precedentes al calor del lucrativo negocio de la cocaína. Pero también otras, como la permisividad en la portación de armas en el país (la ley permite que cada persona posea hasta 5 armas de fuego), el escaso control de las actividades de las empresas de seguridad privada, que podrían estar drenando miles de armas de fuego al año al mercado negro y los procesos de securitización y militarización del Estado.
La desesperación ante un contexto de violencia y pobreza extrema en el hogar, y la perspectiva de un viaje peligroso e incierto durante la ruta migratoria provocaron que en 2018 se generase un fenómeno migratorio inédito: las caravanas de migrantes. La primera de estas caravanas inicio el 12 de octubre de 2018 en la ciudad de San Pedro Sula, iniciando un periplo hacia la ciudad de Tijuana que atrajo la atención mediática internacional. Para ERIC-SJ, la existencia de esta caravana no supone la intensificación del flujo migratorio, sino simplemente la visibilización mediática de un drama que venía produciéndose desde hace años. Entre los testimonios de las decenas de miles de personas que participaron en esta caravana se escucharon con fuerza los relatos de violencia y las situaciones desesperadas de familias enteras que huían de su país para salvar la vida. Aunque desde diversos ámbitos políticos y mediáticos se quiso vincular la existencia de estas caravanas a intereses políticos ocultos, resultó evidente que viajar en grupo fue una estrategia de los migrantes para hacer frente a la criminalización y la violencia durante toda la ruta migratoria, y para presionar al gobierno estadounidense y a la comunidad internacional para lograr apoyo para sus demandas y necesidades.

lunes, 29 de julio de 2019

Structural violence and displacement in Central America and Colombia

Publicado originalmente en Latin America Bureau

This article was prepared for Christian Aid by Nathalie Mercier (Guatemala), Maria Useche (Colombia), Tania Grande (El Salvador) and Javier SanVicente (Honduras)
The devastating image of Salvadoran immigrant, Óscar Martínez, with his two-year-old daughter, Valeria, their lifeless bodies found drowned in the Río Bravo; the photographs of children and adolescents held in cages in detention centres, described by congresswoman Alexandria Ocasio Cortéz as “concentration camps”, and where five Guatemalan children have died; thousands of people walking in caravans, the first of which started its journey in the Honduran city of San Pedro Sula last October, their scanty personal possessions in their hands, and facing police repression in their path. Confronted by these shocking images , it no longer seems appropriate to talk about the search for the ‘American Dream’, but rather an escape from a Central American nightmare, and from a situation that US foreign policy in recent decades has played a critical role in creating.
The tightening of US migration policy under the Trump administration has not halted the phenomenon; on the contrary, in 2017, the first year of the current US government, 294,000 people from the north of Central America (Guatemala, Honduras and El Salvador) applied for asylum or refuge an increase of 58 per cent in comparison with 2016.

Motives for migration

For many immigrants, the main motivation for embarking on this perilous journey continues to be poverty and the lack of economic opportunities in their home-country. To use the term coined by Johan Galtung in the 1960s, this they are the victims of “structural violence”, a system in which power dynamics leads to unequal life opportunities.
A moving short photo-video from Francisco Elías Prada and Ángela Rodríguez Torres of LAB partner Ojos Ilegales, Venezuela. The photos convey haunting images of migrants from Central America as they cross Mexico in a desperate attempt to reach the USA.
Such was the case of the 19-year-old Guatemalan indigenous woman, Claudia Patricia Gómez, who was shot last year by a US Border Patrol agent. According to her mother, interviewed by the BBC, ‘(she said) “mum, we’ll be better off. I’m going to earn a living, I need to do this”… we’re poor, there’s no work here, that’s why my daughter left, but then she was killed.’
Claudia Patricia Gómez González, immigrant murdered by an agent of the Border Patrol. Source: http://www.elmanana.com.mx/
At the same time, however, a growing number of people are fleeing the violence generated by drug trafficking and criminal gangs. According to an article in El Faro, victims face a terrifying rate of homicides, as well as extortions, sexual violence, threats and attacks from gangs, abuse of authority by State security forces, dismissive attitudes from government and a context of widespread impunity.
The four countries considered here all have homicide rates that are more than double what the World Health Organisation considers to be the threshold for ‘endemic violence’. According to World Bank statistics from 2016 (the last year for which statistics are available), the homicide rate per 100,000 inhabitants in Colombia was 26, Guatemala 27, Honduras 57 and El Salvador 83, the last two being the highest of all of the countries monitored.
Violence disproportionally affects young people; according to UNDP statistics for El Salvador, ‘the homicide rate for young people was more than 53.4 per cent greater than that for adults in the period 2007-2017’. The risks for young people in Central America are closely linked to the problem of gang violence in the region, which exploded following the mass deportations of gang members from the United States in the 1990s. According to data from the Salvadoran National Civil Police and the General Penitentiary Director, in 2017 it was estimated that there were 64,587 gang members in the small Central American country (about 1 per cent of the country’s total population), of whom 43,151 were on the streets, and 21,436 in prison.
Nonetheless, while the violence of gangs and other criminal groups is undoubtedly a serious problem which has a great influence on public security in the Northern Triangle of Central America and Colombia, directing all blame at these groups merely serves to obscure other important factors. According to Yolanda González, a researcher with the organisation ERIC-SJ in Honduras, ‘There is the idea that the gangs are the main force behind the displacements, given their involvement in extortions. However, from ERIC-SJ’s point of view, the gangs would not be able to generate this situation without the active participation of other groups’.

Political violence

Apart from criminal activity, political violence also has an important role to play. The 2009 coup d’état in Honduras, supported by the US State Department, unleased a new economic crisis and several waves of military repression. In many cases, it is almost impossible to separate political violence from criminal violence, especially in so-called “narcoestados” (narco-States; a term first used in the 1980s to describe Colombia). Yolanda González considers ‘The crisis generated by the 2009 coup d’état marked the beginning of a new cycle: the political crisis was followed by an economic crisis, an increase in drug trafficking, the levels of violence and military reactions, which at the same time increased levels of corruption and reinforced the neoliberal-extractivist model, which is suffocating the population’.
A study carried out in Guatemala found that drug-trafficking in that country had weakened the Rule of Law in several ways:
  1. the expansion of the illegal economy, which distorts the country’s economy due to money-laundering;
  2. the emergence of ever-more complex criminal structures, which seek to influence decision-makers at local level, and in turn distort legitimate power structures;
  3. the development of spin-off criminal activities such as arms dealing and human trafficking;
  4. the increase in corruption.
According to a group of US security experts, organised crime has managed to gain so much control of Guatemalan institutions that the country is on the verge of becoming a narco-State.
The neoliberal and extractivist economic model, as well as accentuating the effects of poverty for a large part of the population, has increased risks for people who defend their rights and their land, by opening the way to international megaprojects.
Although for the most part international news media have focused on the US immigration crisis, political crises in other countries, such as Nicaragua and Venezuela, have also generated mass migration within the region. According to Colombian Foreign Ministry statistics, since September 2018, 1,235,593[i] people have arrived in the country, mostly Colombians who have returned from abroad and Venezuelans. As the World Bank has documented in its 2018 report on the Venezuela-to-Colombia migration, the post-conflict problems that Colombia faces are further complicated by the mass immigration of Venezuelans.

Internal displacement

The factors identified above contribute not only to fuelling cross-border migration, but also provoke internal displacement. According to the Global Report on Internal Displacement, in 2018 El Salvador joined the list of the ten countries most affected by displacement caused by criminal violence, with a total of 246,000 people having suffered this violation of their basic rights since 2016. In Colombia, more than 12 per cent of the population are victims of forced displacement as a result of the armed conflict, about seven million people according the official Victims Register.
Displacement disproportionally affects women, given that they often are forced to move their entire families, which means a greater cost. Female migrants also face specific risks on their journey, as sexual violence and human trafficking is rife, at the hands of criminal gangs who have identified a highly profitable business in the control of illegal migration networks and the economic and sexual exploitation of migrants. Furthermore, there is an ever-greater presence of unaccompanied minors, especially since 2014.
In El Salvador, according to local organisation Cristosal, women comprise 54 per cent of the displaced population in 2018, and typically have to take on additional responsibilities, having under their charge children and elderly relatives. Men, in contrast, tend to move on their own, and before the rest of the family is forced to leave.
In the case of Colombia, the National Centre for Historical Memory’s National Report on Forced Displacement published in 2015 indicates that ‘slightly over 50 per cent of the displaced population are women (3,301,848); 2,279,576 are minors (of whom 1,480,983 are less than 12 years old); according to demographic data from 2005, around 15 per cent of the total of the Afro-Colombian population and 10 per cent of the total indigenous population have been displaced. 87 per cent of the population that has been forced to leave their land lived in rural areas, some of them Afro- and indigenous populations who lived on collectively-owned land that was officially recognised by the State.’[ii] The report also highlights the phenomenon of the descampesinización (de-ruralisation) of the land, which is due ‘not only to the large number of campesinos (rural subsistence farmers)  that have been displaced in rural areas, but also to the lack of value that the State places on the campaigns and demands of campesino populations.’

Little support for the displaced

There is a great stigmatisation, not only of those who emigrate to other countries, but also for those who are internally displaced, and Central American states in particular are not responding appropriately, with special services that could facilitate relocation.
In Guatemala, for example, State services provided to the internally displaced population are almost non-existent, with State forces often causing displacement through forced evictions, usually in the interests of wealthy landowners or large companies to clear the way for their megaprojects.. Where drug-trafficking has taken over large swathes of the country’s land, this has on occasion been used to justify State-incursion in communities. One such case is that of the community of Nueva Esperanza in the department of El Petén, which was forcibly evicted by the national army in 2011. Approximately 300 rural subsistence farmers (among them women and children) were forcibly expelled from their land, under the pretext that they were supporting or collaborating with drug-trafficking. They found themselves with no option but to flee to Mexico.
Cover story, Prensa Libre. ‘Displaced people suffering hardship in Mexico’.
People displaced from Nueva Esperanza, Petén, Guatemala. Photo: Prensa Libre
The State’s actions are also key to understanding displacement and violence in Honduras. There is neither the political will nor the capacity to protect displaced people, and on occasions the State is complicit with criminal groups or even, in the worst cases, is the perpetrator (such as when authorities are collaborating with criminal gangs, those involved in extortion, or drug-trafficking). What’s more, several cases of forced displacement occurred as a result of threats to environmental activists or those who protect natural resources. In such cases the State plays a key role, as it facilitates economic activities that generate forced displacement in the name of ‘development’.
After years of refusing to acknowledge the issue, in 2019 the Salvadorean government officially recognised the existence of groups that have been internally displaced due to criminal violence. Consequently, there is now a protocol for coordination between government institutions to support victims. As part of the Safe El Salvador Plan, twenty Victim Support Offices were established in 2017. These offices were not created only to help victims of displacement, but they have a mandate to support them from the Justice and Security Ministry’s Victims’ Support Unit. Nonetheless, their capacity is in practice limited to helping families to transport their personal possessions.
In contrast, in Colombia (given the long history of its conflict) the problem has been officially recognised, and there are elements of the constitution which aim to help this sector of the population. Even with these resources, however, impunity levels remain high for those who generate forced displacement – guerrillas, paramilitaries, dissidents, organised armed groups, extractive industries and, to a lesser extent, State security forces. These groups are able to conduct business as usual, given de facto protection by different political and economic interests or by omission of any measures to regulate their practice.
It is essential that public agencies take into account the different issues outlined here, and create policies that consider the intrinsic relationship between displacement and different types of violence, and that seek to find real solutions for this highly complicated problem that is having a profound effect on multiple lives.
Christian Aid is supporting projects, led by its local partners, that address the struggle against impunity in cases of grave human rights violations (including gender-based violence); the prevention of youth violence and promotion of peace culture; the struggle for the restitution of land rights; as well as projects which aim to transform war economies into peacetime ones, and which seek to challenge the structural causes of violence which, in turn, are both the cause and the consequence of forced displacement.

[i] Migración desde Venezuela a Colombia: impactos y estrategia de respuesta en el corto y mediano plazo. – Colombia: Banco Mundial, 2018. Pág. 15.
[ii] Centro Nacional de Memoria Histórica. Una nación desplazada: informe nacional del desplazamiento forzado en Colombia, Bogotá, CNMH – UARIV, 2015. Pág. 16.

viernes, 26 de julio de 2019

¿El sueño americano o la pesadilla centroamericana?

Publicado en El País

Por Tania Grande, Nathalie Mercier, Javier San Vicente
La desconsoladora imagen de los migrantes salvadoreños Oscar y su pequeña hija Valeria ahogados en el río Bravo. Las fotografías de niñas, niños y adolescentes enjaulados en centros de detención estadounidenses, calificados por la congresista demócrata Alexandria Ocasio Cortez como “campos de concentración”, en los cuales cinco niños guatemaltecos han muerto en los últimos meses. Las imágenes de miles de centroamericanos enfrentándose a la represión policial y recorriendo el territorio mexicano en sucesivas caravanas, tras la salida de la primera de ellas el 12 de octubre de 2018 desde la ciudad hondureña de San Pedro Sula.
Ante este panorama, ya no parece apropiado hablar de migrantes en busca del sueño americano sino más bien huyendo de una pesadilla centroamericana y de un contexto que las políticas estadounidenses han tenido un papel fundamental en generar a lo largo de las últimas décadas. El endurecimiento de la política migratoria bajo la administración de Trump no ha frenado mucho menos el fenómeno. En 2017, durante el primer año de mandato de Trump, 294.000 personas del norte de Centroamérica (Guatemala, Honduras y El Salvador) solicitaron asilo o refugio, un incremento del 58% con relación a 2016.
“Somos pobres, no hay trabajo aquí, por eso se fue mi hija pero lastimosamente la mataron” explicaba la madre de Claudia Patricia Gómez, la joven indígena guatemalteca de 19 años asesinada por un agente de la patrulla fronteriza de Estados Unidos el año pasado. Para muchas personas migrantes el motivo principal para enfrentarse a este peligroso viaje sigue siendo la pobreza y la falta de oportunidades económicas. Como ya señalaba Johan Galtung en los años sesenta, podemos interpretar esta falta de oportunidades como sintomática de una situación de violencia estructural. También en los últimos años, hay que sumar el actual escenario de emergencia climática, con el Corredor Seco Centroamericano como área altamente vulnerable, donde las poblaciones que ya no pueden cubrir sus necesidades de alimento, se ven obligadas a migrarcon impactos bien diferenciados para hombres y mujeres.
Al mismo tiempo, un número creciente de personas salen de su país huyendo de la violencia del narcotráfico y las pandillas criminales. Las víctimas de este tipo de violencia se enfrentan a una tasa espeluznante de homicidios, además de sufrir extorsiones, violencia sexual y abuso de autoridad. Esto ha sido recogido por una sentencia reciente que ha obligado al Gobierno salvadoreño a reconocer la existencia del desplazamiento interno por violencia y establecer un protocolo para la coordinación de las distintas instituciones del Estado para apoyar a las víctimas, aunque sigue siendo insuficiente.
Sin embargo, apuntar únicamente a las maras, pandillas u otras bandas de actores ilegales puede ocultar parte de la realidad: la violencia política también desempeña un papel importante. En Honduras el golpe de Estado de 2009, apoyado por Estados Unidos, desató una fuerte crisis económica y política y una interminable represión militar y policial. No se puede separar la violencia política de la violencia criminal, especialmente en los denominados narcoestados. “La crisis como consecuencia del golpe de 2009 marcó el inicio de un nuevo ciclo. A la crisis política siguió la crisis económica, se vivió un aumento de la narcoactividad, de los niveles de violencia y un repunte del militarismo, que se produjo coincidiendo con un aumento de la corrupción y una agudización del modelo económico neoliberal-extractivista, asfixiante para la población”, señala Yolanda Gómez, investigadora de la organización hondureña ERIC-SJ. Por esa razón, es importante trabajar para fortalecer a las organizaciones hondureñas que luchan contra la corrupción, como forma de devolver a la sociedad su poder y luchar contra la desigualdad.
Aunque la mayor parte del enfoque mediático en el mundo sobre la migración se relaciona con la crisis migratoria a Estados Unidos, también las crisis políticas como las de Nicaragua y Venezuela han provocado migraciones masivas dentro de la región. En cuanto a los desplazamientos internos, El Salvador entró en 2018 en la lista de los diez países más afectados por desplazamientos internos, con al menos un 54% de mujeres. Es así que el desplazamiento interno afecta de forma desproporcionada a las mujeres,por el hecho de que deben desplazarse con sus núcleos familiares, mientras los hombres suelen desplazarse solos. Ellas se enfrentan a riesgos específicos durante su trayecto, como la violencia sexual y la trata de personas a manos de grupos criminales. De igual forma, desde 2014 existe una presencia cada vez más importante de menores no acompañados en las rutas migratorias.
Tanto para las personas que migran a otros países como para las que se desplazan internamente, existe una fuerte estigmatización, y los estados centroamericanos no están respondiendo de una manera adecuada con servicios especiales que podrían facilitar la reubicación. Ante estos intentos fallidos, las organizaciones sociales debemos seguir desempeñando un papel fundamental para luchar contra la impunidad en caso de violaciones de derechos humanos, prevenir al máximo la violencia juvenil y promover una cultura de paz.

sábado, 22 de junio de 2019

Juan Orlando Hernández (una vez más) contra Honduras

Honduras vive nuevamente una profunda crisis política y social, que ha degenerado en disturbios generalizados en el país y que tiene contra las cuerdas al actual mandatario del país, Juan Orlando Hernández Alvarado. El conflicto sociopolítico en Honduras, que tras las cuestionadas elecciones de 2017 tiene un carácter permanente, se vio intensificado a finales del pasado mes de abril, tras la introducción en el Congreso Nacional de la Ley de Reestructuración y Transformación del Sistema de Salud y Educación y varios decretos complementarios, elaborada por presiones del Fondo Monetario Internacional con el objetivo de garantizar el pago puntual de la deuda a los acreedores internacionales de Honduras. La aprobación de esta normativa fue interpretada por sindicatos y asociaciones médicas y docentes como una amenaza, y fue calificada como una “masacre laboral”, al generar temores de que conllevase importantes recortes en el gasto público y que desembocara en despidos masivos de personal.
La movilización de los sectores implicados fue inmediata. Los últimos días de abril se vivieron fuertes protestas en todo el país, en las que los gremios afectados por la reforma se vieron arropados por amplios sectores opositores. Las protestas degeneraron rápidamente en violentos choques con las fuerzas represivas hondureñas. Durante las mismas, se produjeron cortes de carretera, quema de edificios y se pudo observar a civiles armados junto a la policía abriendo fuego contra los manifestantes. Antes de finalizar el mes de abril, el gobierno tuvo que dar marcha atrás y suspender la tramitación de esta normativa. Esta victoria de los movimientos sociales evidenció la debilidad del gobierno de Juan Orlando Hernández, acosado por escándalos de corrupción, nexos con el crimen organizado, la percepción de ilegitimidad por la mayor parte de la población y debilitado por los malos resultados económicos de su gobierno y el aumento de la pobreza.
Como consecuencia de la suspensión del trámite parlamentario de los decretos en cuestión, las protestas se detuvieron en el país. Sin embargo, el 20 de mayo las principales organizaciones y sindicatos de los sectores de salud y educación, aglutinados en la Plataforma de Defensa de la Salud y la Educación, volvieron a realizar acciones de protestas. Desde ese momento, el conflicto ha ido escalando hasta llegar a la situación actual, en la que las protestas son masivas en todo el territorio. De nada sirvió que el gobierno derogase de forma definitiva los decretos, al mismo tiempo que compraba a parte de la dirigencia sindical. La absoluta falta de credibilidad del mandatario ante los gremios médico y docente, y ante la sociedad hondureña, han generado el actual escenario, en el que la única salida viable pasa por la renuncia de Juan Orlando Hernández y la creación de un gobierno de transición. Y es que está muy vivo en la memoria colectiva las consecuencias del fraudulento proceso electoral de 2017 y posterior crisis, que supuso la culminación del ilegal proyecto reeleccionista de Hernández, la destrucción del estado de derecho y la institucionalización de la corrupción política al más alto nivel. Por lo demás, el rotundo fracaso del diálogo para resolver la crisis poselectoral, promovido por Naciones Unidas, evidenció la mala fe del gobierno y su falta de disposición a encontrar soluciones negociadas a los problemas del país.
En los últimos días, la situación de seguridad se ha deteriorado todavía más, derivando a un escenario de caos social. El país está paralizado por las protestas, en las que diariamente se producen cientos de tomas de carreteras y vías públicas, donde manifestantes cortan la circulación mediante la colocación de barricadas. Las escenas de insurrección incluyen algunas tan impactantes como la quema de la puerta principal de la Embajada de Estados Unidos durante una manifestación; imágenes de decenas de camiones ardiendo, propiedad de una importante compañía bananera; y quemas y saqueos de negocios en los centros urbanos. Aunque no hay reportes claros al respecto, a la fecha en la que se escribe este articulo diferentes fuentes afirman que se habrían producido al menos 2 muertos y 20 heridos en el contexto de las protestas, solo en Tegucigalpa. En otras regiones del país como Colón,Atlántida o La Paz se reportaban enfrentamientos entre militares y población que habrían provocado un número indeterminado de muertos y heridos. Adicionalmente a estos hechos de violencia se han producido varias situaciones que han aumentado la tensión , como el paro parcial de transportistas que se produjo el 19 de junio y que dejó sin combustible a varias regiones del país; o la huelga de brazos caídos de varios cuerpos represivos del país, que culminaron en enfrentamientos entre las fuerzas del orden, en los que fue gaseada la cúpula policial por sus propios subalternos. Estos hechos generaron escasez de efectivos policiales, lo que facilitó un aumento de la intensidad de las protestas.
Lo cierto es que la continuidad del gobierno de Juan Orlando Hernández parece cada vez más insostenible. Su falta de legitimidad es tan grande, que ha llegado a pronunciarse en su contra el exembajador de Estados Unidos en Honduras, Hugo Llorens. Él, que fue embajador durante el golpe de Estado de 2009, afirmó que la calamitosa situación actual se produce como consecuencia del socavamiento de la constitución por parte de Hernández para aprobar su reelección y la torpeza política de Donald Trump de crear alianzas con un gobierno de esta naturaleza. Y es que el de Juan Orlando fue un gobierno polémico desde el primer día.
Su primer mandato se inauguró con la revelación de uno de los mayores escándalos de corrupción que ha vivido el país en las últimas décadas: el desfalco del Instituto Hondureño del Seguro Social. Este escándalo, que supuso la sustracción de más de 300 millones de dólares, salpicó directamente al mandatario, que tuvo que reconocer que su campaña electoral se benefició de fondos de la trama corrupta. Desde entonces, la corrupción se ha convertido en toda una seña de identidad del gobierno.En estos años se han revelado tramas que involucran a una gran cantidad de diputados del Congreso Nacional, altos cargos del gobierno y sus familiares. En concreto, Juan Orlando Hernández y su familia son acusados de dirigir una trama que drenó 4,500 millones de lempiras (186 millones de dólares). Adicionalmente, durante los últimos años se ha visto un fuerte repunte de las violaciones a los derechos humanos y la persecución de activistas y opositores. El asesinato de la lideresa lenca Berta Cáceres en 2016 es un crimen emblemático de esta oscura etapa.
Otro de los fenómenos que ha caracterizado a este gobierno ha sido la penetración del narcotráfico en las instituciones. En los últimos años la justicia estadounidense ha procesado a varias decenas de hondureños por el delito de narcotráfico, entre los que destaca el propio hermano del presidente de Juan Orlando, Tony Hernández, acusado de controlar laboratorios de cocaína en Colombia y Honduras. En su declaración a las autoridades, el hermano del presidente afirmó que desde antes de que Juan Orlando llegase a la presidencia, el restaurante que su familia posee en su ciudad natal era un punto de encuentro habitual de las principales cabezas del narcotráfico hondureño. Adicionalmente, algunos capos del narcotraficante como Devís Leonel Rivera Maradiaga, han realizado declaraciones a la justicia estadounidense vinculando a altos cargos del gobierno como el actual Secretario de Seguridad, Julián Pacheco, el anterior presidente Porfirio Lobo y otros políticos de alto nivel que han seguido en su cargo sin mayor consecuencia.
Pero el rasgo más característico del periodo presidencial de Juan Orlando Hernández ha sido el de la cooptación de los poderes públicos por parte de la Presidencia en un proceso dirigido a permitir al mandatario continuar en el poder más de los 4 años que permite la constitución. En el camino, se llevó por delante la división de poderes, logrando niveles de injerencia históricos en el poder legislativo, que una vez puesto a su servicio empleó para controlar el poder judicial. Como resultado de este proceso, en los últimos años las tramas de corrupción que involucran a congresistas oficialistas y opositores se han multiplicado. En este sentido y en el marco de una investigación de una de estas tramas, la Unidad Fiscal Especial contra la Impunidad Corrupción (Ufecic) del Ministerio Público argumenta que “muchas iniciativas legislativas y proyectos de gobierno, (que) para su aprobación no alcanzan el consenso o la cantidad de votos requerida por mayoría simple o calificada o bien no gozan del respaldo popular, terminan siendo aprobadas, gracias a acciones de chantaje, canonjías, prebendas o favores políticos o personales”. Fue a través de este tipo de acciones que en 2016 el Congreso Nacional escogió a los nuevos magistrados de la Corte Suprema de Justicia, en un proceso que generó una oleada inédita de transfuguismo en el legislativo, renovando un organismo como la Corte Suprema, sobre el que ya tenía un control absoluto. Prueba de ello es el papel que la Corte tuvo para dar vía libre a las ambiciones reeleccionistas de Juan Orlando Hernández a través de un polémico fallo judicial de 2015.
Tras lograr esa resolución judicial, Juan Orlando lanzó una carrera de fondo para lograr su reelección. Sin embargo, los resultados iniciales del conteo de los comicios presidenciales de 2017 no fueron favorables a sus ambiciones. Tras conocerse los datos de conteo real durante la noche de las elecciones, el sistema se “cayó”, iniciando una crisis postelectoral que genero fuertes protestas y decenas de muertos. Tras un polémico proceso de auditoria realizado por unas autoridades electorales controladas por el presidente, Juan Orlando Hernández fue declarado vencedor, a pesar de las abundantes evidencias de fraude y la recomendación de la Misión Electoral de la Organización de Estados Americanos de repetir las elecciones. De forma incomprensible, la Misión Electoral enviada por la Unión Europea se limitó a hacer pequeñas recomendaciones de carácter técnico, dando un balón de oxígeno a un gobierno que sufría su mayor crisis de legitimidad a la fecha.
Tras esta situación, la legitimidad de Hernández se ha visto fuertemente socavada. Desde noviembre de 2017 el país vive sumido en una crisis política permanente, con focos de alta conflictividad en varias regiones del país como los departamentos de Choluteca (región sur) o Colón (región norte). Una característica común de todos estos conflictos es que, a pesar de estar originados en crisis sectoriales, han sido arropadas por amplias capas sociales cuya movilización supera las lógicas gremiales y partidistas, y van dirigidas a lograr la salida de Hernández, cuyo régimen es calificado de “narcodictadura”.
Con todos estos antecedentes, resulta sorprendente que el gobierno de Juan Orlando Hernández se mantenga en el poder y sea aceptado como un socio legitimo por la mayor parte de la comunidad internacional, ya que hasta la fecha mantiene solidos vínculos con sus principales socios, que no cuestionan su actuación. De entre todos ellos, los principales son el gobierno de Estados Unidos y el Fondo Monetario Internacional. Desde el punto de vista estadounidense, hasta le fecha se considera a Hernandez un excelente aliado en la lucha contra el narcotráfico, a pesar de las múltiples evidencias que vinculan al mandatario y a su entorno con la criminalidad organizada. Los contradictorios antecedentes de Estados Unidos, y sus alianzas inconfesables en el marco de la guerra contra las drogas y su política contrainsurgente (Noriega en Panamá, Juan Ramón Matta en Honduras, el uribismo paramilitar en Colombia) ilustran la falta de interés real del gigante norteamericano en terminar su absurda guerra a las drogas, cuya continuidad le permite seguir interviniendo en los asuntos de otros estados, incluyendo Honduras. El único asunto que amenaza la estabilidad de las relaciones con Estados Unidos es el fenómeno migratorio, masivo y en crecimiento y que podría llevar a un impredecible Trump a tomar medidas contra Honduras.
Para el Fondo Monetario Internacional la administración Hernández constituye un sólido aliado. En su evaluación no se valora el hecho de que durante su gobierno haya aumentado la pobreza (del 64% en 2009 al 27% en 2018 según Foro Social de la Deuda Externa de Honduras – FOSDEH). Lo único que parece importar a la institución multilateral es que el gobierno hondureño garantice el pago estable de la deuda con sus acreedores internacionales. Alejandro Kaffati de FOSDEH, afirma que “un evento clave para fortalecer las relaciones entre el fondo y el gobierno fue la aprobación de la Ley de Responsabilidad Fiscal de 2016, en la que se estableció un marco fiscal restrictivo, que en los hechos ha supuesto fuertes limitaciones de la inversión pública en salud y educación”. El objetivo de esta ley, y de la actual tramitación de los decretos de reestructuración de los sectores de salud y educación siempre ha sido el mismo: ofrecer las máximas garantías de pago a los acreedores internacionales de Honduras. Paradójicamente, el FMI ha precipitado la presente crisis, al forzar al Estado hondureño a realizar recortes de gasto en sectores sensibles. Llama la atención que el fondo no solicite recortes en los dos sectores cuyo gasto ha crecido más en los últimos años: Seguridad y Defensa.
Mas allá de sus dos socios principales, el gobierno de Juan Orlando recibe un trato benévolo y complaciente de la mayor parte de la comunidad internacional. Sin ir más lejos, el gobierno español, a través de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID), ha colaborado estrechamente en distintos proyectos con el gobierno, entre los que destaca el de aprobación de un nuevo código penal para Honduras. Dicho código, escrito con la asesoría de un juez español, ha servido al gobierno para subir penas de los delitos relacionados con la protesta social, bajar las penas de delitos de corrupción y dificultar los procesos de extradición por casos relacionados con el tráfico de drogas. En otros casos, el juego de intereses es más evidente, como en el caso de Israel, que a cambio de su apoyo militar y de inteligencia a Honduras logró que se trasladase la Embajada de Honduras en Israel a Jerusalén. En cuanto a la Unión Europea, no solo sorprende la tibieza de su análisis electoral, también resulta desconcertante que en sus relaciones de cooperación con el gobierno hondureño privilegie la figura del apoyo presupuestario, sobre todo teniendo en cuenta el ambiente de corrupción generalizada existente en el país (bajo esta modalidad, los fondos son ejecutados por el gobierno sin seguimiento del donante).
Como se ha analizado el contexto interno en Honduras está altamente convulsionado, mientras que no existen condiciones a nivel internacional para presionar al gobierno y lograr una salida satisfactoria de este conflicto. El día 21 de junio, el gobierno decidió desplegar al ejército en todo el país para reprimir las protestas, recibiendo las críticas de organizaciones internacionales de defensa de derechos humanos comoAmnistía Internacional o el OACNUDH. A pesar de esta acción intimidatoria, las protestas han seguido en marcha y en los próximos días la situación podría tomar tintes todavía más dramáticos. Ante la brutalidad gubernamental y la apatía o incluso la colaboración de la mayor parte de la comunidad internacional, se hace patente el origen de una de las principales características de la idiosincrasia política hondureña: la total falta de confianza entre la población hacia cualquier iniciativa internacional para “solucionar” los problemas del país. ¿Sigue el mundo viendo a Honduras como una república bananera?

miércoles, 30 de enero de 2019

Almost half a century after it began, here’s how America’s ‘war on drugs’ is still devastating Latin America

Publicado originalmente en The Independent

If you need insight into the alarming levels of social and political violence and the degradation of Latin America’s already fragile democracies in recent decades, you should pay attention to the dramatic increase of cocaine and marijuana trafficking.
Since the promotion of the so-called “war on drugs” by the United States during the 1970s, crime related to drug trafficking has increased, becoming one of the key problems faced by the region. Some 50 years later, it’s worth questioning what it has meant for the countries in which narcotics are produced and trafficked.
It’s all too clear that the drug war has not managed to stop the flow of illegal substances to consumers. In the case of the coca plant, government policies have barely managed to reduce areas of land in which the crop is cultivated, and technological advances have enabled a greater level of production per hectare.

On the other hand, drug use has not visibly reduced; in many countries in which drugs are produced and trafficked, consumption rates have actually increased.
A few years after the start of the drug war, the cocaine trade had already infiltrated the highest echelons of power in several countries in the region.
Around this time in Colombia, Pablo Escobar had already gained notoriety as a drug baron, and was preparing to move into politics, a strategy that would later be substituted by the criminal violence industry.
Over subsequent decades, drug money financed the activities of a variety of armed groups, resulting in the explosion of the paramilitary phenomenon in Colombia – a phase known as the “degradation of the internal armed conflict”, which resulted in hundreds of thousands of killings and the displacement of millions.
While under siege due to national armed conflicts in several countries in the late 1970s, Central America experienced an increase in the influence of military power structures.
The triumph of the Sandinista revolution in Nicaragua in 1979 provoked the intensification of pressure from the US on the region, in what could be considered one of the last stands of the Cold War.
US agents negotiated with Honduran drug baron Juan Ramón Matta, in order to finance with dirty money the Nicaraguan Contras and the counterinsurgency in Guatemala and El Salvador. Honduras (and Guatemala) would later form a key part of the cocaine route, serving as a bridge between the South American producer countries and Mexico.
At the turn of this century, major Mexican cartels entered by force in Central America as a result of the Mexican drug war led by president Felipe Calderón (2006-2012). Following their arrival, the levels of violence in the region drastically increased, leading the three countries of the so-called Northern Triangle (Honduras, Guatemala and El Salvador) to become amongst the most violent on the planet.
The case of Colombia is paradigmatic. The Peace Agreement signed by the Colombian government and the FARC guerrilla group in 2016, fuelled expectations amongst the civilian population in general and human rights defenders in particular, but as yet it has failed to deliver the promised results.
According to the Information System regarding Aggressions against Human Rights Defenders from 2016 to June 2018, 263 human rights defenders were assassinated, with a significant increase in the number of attacks being registered in 2018.
The influence of organised crime groups in Colombia’s power structures was highlighted by the revelations of the notorious “parapolítica” scandal, which saw more than 60 senators imprisoned for their links with illegal armed groups.
The Central American case presents several parallels with Colombia. The were a series of bloody civil wars in the region during the 1980s and 1990s which ended with the signing of Peace Agreements, the last of which being in Guatemala in 1996. Since then, however, the levels of violence in the region have not diminished.
Following the end of a conflict which left more than 200,000 dead and 45,000 forcibly disappeared, certain power structures in Guatemala reconfigured and ended up participating in the new models of organised crime, repression, and territorial control.
The relationship between important political and military groups with drug traffickers has grown stronger since the 1980s.
After the 2009 coup d’état, Honduras experienced a period of political degradation, which led to major militarisation and a severe increase in organised crime activity and violence. The drug trade has so effectively penetrated state institutions that even the top echelons of the police force and the military have been linked to the cartels.
The serious levels of violence and impunity that the country faces have been major factors in propelling forced migration in Honduras, currently in the news due to migrant caravans making their way towards the United States.
But the state response in the context of the drug war has only served to further aggravate the situation. The eradication of coca in Colombia, for example, hasn’t generated particularly positive results.
One report shows that 38 leaders and members of the National Coordination for Coca, Poppy Seed and Marijuana Producers have been assassinated between 2017 and June 2018. And on top of that, there’s been an increase in authoritarianism and the implementation of emergency measures, justified by the supposed aim of combatting criminal activity.
In Honduras, militarisation of public security has seen an increase in human rights violations, especially in moments of acute political crisis. It’s no coincidence that in the key countries on the drug trafficking route homicide rates are among the highest on the planet, and far above those considered by the UN as representative of epidemic violence.
The work of human rights defenders has become particularly dangerous, to almost heroic proportions. These people put their own lives on the line and are forced to confront a culture of fear and silence violently imposed by organised crime groups born out of the drug war paradigm. According to a 2016 Global Witness report, in Honduras alone, 123 environmentalists were murdered between 2009 and 2016.
Putting a stop to an illegal economy which has reached these heights obviously requires great international coordination, including the tireless persecution of activities related to money laundering in the international banking system.
But we won’t achieve this while there is a lack of transparency in the financial sector, and while tax havens continue to operate. The solution to the global drug dilemma should be based on human realities.
Maria Useche is programme support officer at Christian Aid, Javier San Vicente is programme officer at Christian Aid Honduras and Nathalie Mercier is programme officer at Christian Aid Guatemala